¡Quien pudiera cambiar de gafas como de vida!
Estaba convencido de que aquella sería la frase perfecta para empezar una novela sobre un fugitivo, de esos que han cambiado mil veces de identidad, pero que no tiene un duro. Tal vez fuese fugitivo por tratar de conseguirlo... O tal vez lo consiguió como trabajando hasta la extenuación, pero algo le llevó a pensar que merecía tirar la vida por la borda en busca de algo más, o buscando algo menos, que al final acaba por ser lo mismo.
Menuda estupidez de idea.
Ni siquiera sé por qué he empezado esto así, cuando lo que quería decir es que me he sorprendido leyendo agradado lo que escribí hace meses, tal vez ya un año, y mayor ha sido mi sorpresa cuando me he dado cuenta de que además, me gusta.
De hecho, algunas de mis últimas publicaciones en este blog, han sido, vamos a decir, inéditos escritos hace ya bastante.
Es agradable volver a escribir.
Y es duro decirlo, pero necesito estrés y tal vez algo de esa agobiante rutina a mi alrededor para poder hacerlo.
La prosa esta hecha para aquellos que no somos capaces de disfrutar de los poemas que escribimos.
Wednesday, August 10, 2011
Saturday, August 6, 2011
Y el problema es...
Que todo es un problema, sin serlo o sin querer serlo.
Pero rompamos el precinto y olvidemos que existen.
Otra vez.
Y diremos que es la última.
También por última vez.
Hasta que no sea mentira.
Pero rompamos el precinto y olvidemos que existen.
Otra vez.
Y diremos que es la última.
También por última vez.
Hasta que no sea mentira.
Voy a gritar todo eso que debía susurrarte
Porque me acabo de dar cuenta de que no sé porqué escribo, ni a quién o quienes, pero me alegro de saber que aquellas personas a las que sí que sé que escribo les gusta.
Acabaré dando por sentado que estoy loco, aunque tal vez fuese más correcto decir enloquecido. Pero a efectos finales y al interés que nos atañe, o que me atañe a mí es igual, mientras me sigo peleando con mi teclado sin dejar claro nunca cuál es el vencedor a pesar de que sólo uno de los dos acabe llorando casi indefectiblemente, viene a ser igual.
A veces me parece algo posible e incluso probable que pudiese vivir sin personas, sin contacto humano. Menudo desperdicio, un mundo que no quiere saber de mí, ¿Y para qué iba yo a querer saber de él? Y ahí estáis, o estás, o están, o estamos o la conjugación que prefieras o prefiera yo del verbo estar, haciendo que me sea imposible llevar a cabo semejante hazaña de locura, que sin embargo sería una demostración de cordura decir que todo ello, o todos ellos, son lo que me hace perder el tiempo, que es la forma más fácil de exculparme de todos esos errores que me recrimino constantemente y que cuento cuando no puedo dormir, igual que Xhelazz. Y entretanto habrá un guión que trate de determinar mi vida, con aquello a lo que llaman destino, que tal vez es eso que nos separa, y no tu comprensible y compartido miedo a la distancia, como es lógico teniendo amigos al otro lado del globo a los que temes no ver en años y años.
Y en veinticuatro horas te echaré tanto de menos que tendré que tirarme otra vez sobre un folio o sobre un teclado tras ver cientos de tus fotos y envidiar tu viaje, tu vida despreocupada llena de cosas por las que preocuparse, llena de gente que te importa muchísimo y gente que no te importa casi nada. Una vida increíble para una persona increíble a la que el mundo se le quedará pequeño antes de que se quiera dar cuenta, tal vez incluso antes de que perciba lo increíble que es como persona.
Nada es fácil, y no suele haber atajos para todas estas cosas. Supongo que decirte que te quiero no cambiará nada, así que me quedaré con esa sensación que recuerdo de estar como flotando cuando estoy a tu lado y te doy la mano. O cuando pienso en ti al escribir algo que sé que no vas a leer.
Menudo caos de texto.
Supongo que la ocasión lo merece de vez en cuando. Sienta muy bien pensar que alguien te escucha aunque sea mentira.
Me lo voy a recriminar una última vez... Fiftin, eres un imbécil.
Acabaré dando por sentado que estoy loco, aunque tal vez fuese más correcto decir enloquecido. Pero a efectos finales y al interés que nos atañe, o que me atañe a mí es igual, mientras me sigo peleando con mi teclado sin dejar claro nunca cuál es el vencedor a pesar de que sólo uno de los dos acabe llorando casi indefectiblemente, viene a ser igual.
A veces me parece algo posible e incluso probable que pudiese vivir sin personas, sin contacto humano. Menudo desperdicio, un mundo que no quiere saber de mí, ¿Y para qué iba yo a querer saber de él? Y ahí estáis, o estás, o están, o estamos o la conjugación que prefieras o prefiera yo del verbo estar, haciendo que me sea imposible llevar a cabo semejante hazaña de locura, que sin embargo sería una demostración de cordura decir que todo ello, o todos ellos, son lo que me hace perder el tiempo, que es la forma más fácil de exculparme de todos esos errores que me recrimino constantemente y que cuento cuando no puedo dormir, igual que Xhelazz. Y entretanto habrá un guión que trate de determinar mi vida, con aquello a lo que llaman destino, que tal vez es eso que nos separa, y no tu comprensible y compartido miedo a la distancia, como es lógico teniendo amigos al otro lado del globo a los que temes no ver en años y años.
Y en veinticuatro horas te echaré tanto de menos que tendré que tirarme otra vez sobre un folio o sobre un teclado tras ver cientos de tus fotos y envidiar tu viaje, tu vida despreocupada llena de cosas por las que preocuparse, llena de gente que te importa muchísimo y gente que no te importa casi nada. Una vida increíble para una persona increíble a la que el mundo se le quedará pequeño antes de que se quiera dar cuenta, tal vez incluso antes de que perciba lo increíble que es como persona.
Nada es fácil, y no suele haber atajos para todas estas cosas. Supongo que decirte que te quiero no cambiará nada, así que me quedaré con esa sensación que recuerdo de estar como flotando cuando estoy a tu lado y te doy la mano. O cuando pienso en ti al escribir algo que sé que no vas a leer.
Menudo caos de texto.
Supongo que la ocasión lo merece de vez en cuando. Sienta muy bien pensar que alguien te escucha aunque sea mentira.
Me lo voy a recriminar una última vez... Fiftin, eres un imbécil.
Ayer quise morir
pero hoy quiero estar muerto.
Tuesday, August 2, 2011
Hasta que algo cambia
Las mañanas empiezan todas igual, hasta que algo cambia. El mundo se resiste a cambiar de rumbo y casi siempre se niega a hacerlo hasta el final, a pesar de que todo el mundo ya reme en el sentido opuesto.
Esa mañana algo, nadie sabe qué, cambió.
Su vida quiso ser la misma de antes, pero descubriendo que era imposible, trató de solucionarlo desapareciendo, aunque algo, quizá el tiempo, tal vez la suerte, se lo evitó.
Esa mañana, una canción diferente le despertó. Una canción resabida, oída una y otra vez, mascada, escuchada y recitada millones de veces. Una canción que a nadie o casi nadie despertase, que tal vez fuese tan solo un poema en el más estricto sentido de la palabra.
Y a volar. Su mente se lanzó al vacío del universo que se le plantaba delante, a la nada que imperaba sobre todo lo demás, plagando su mente de preguntas que buscaban respuestas que estaban ocultas detrás de nuevas dudas.
Una paloma absolutamente imaginaria pasó antes sus ojos y desapareció. Era imposible que hubiera ocurrido en realidad, así que Gabriel lo atribuyó a algún tipo de trastorno onírico, que seguramente fuera fruto de la inestabilidad sentimental y mental.
Gabriel, con su cara redondeada y su pelo castaño, a pesar de ser musculoso, tenía miedo de perder.
De perder una partida, un recuerdo, un amigo, un objeto preciado, un minuto, una oportunidad... Todo era demasiado, pero todo era muy poco. Demasiado complicado y muy poco explicado. Demasiado para ser manejado y muy poco para ser disfrutado. Demasiado lleno y muy poco completo.
Gabriel no era un miedoso, ni un enamorado, ni un poeta, a pesar de que pensase como si lo fuera.
Los rayos de sol que atravesaban tímidamente desde el mes de mayo su ventana a eso de las nueve de la mañana, le parecían una fuente de inspiración tan tremebunda que nunca supo decir nada de ello, ni le pudo escribir nada.
A Gabriel le pasaba lo mismo con las mujeres. Cuando estaba enamorado escribía sin cesar sobre ella, pero cuando no, era innombrable para que no rompiese el círculo mágico que se creaba.
Estar enamorado en la mayoría de los casos, acababa siendo un problema. Y lo peor es que el primer problema surgía del propio hecho de no poder evitar estarlo.
Una melena al viento, o tal vez reposando sobre una espalda de mujer, atraían su vista como si fueran un imán visual. Unos ojos oscuros, o tal vez tan claros como el cielo en verano le conquistaban si eran capaces de mirar con sinceridad.
Así creyó conocerla, cuando en realidad, sólo pasó a saber su nombre, su tono y timbre de voz y poco más que el brillo de su pelo.
Esa mañana algo, nadie sabe qué, cambió.
Su vida quiso ser la misma de antes, pero descubriendo que era imposible, trató de solucionarlo desapareciendo, aunque algo, quizá el tiempo, tal vez la suerte, se lo evitó.
Esa mañana, una canción diferente le despertó. Una canción resabida, oída una y otra vez, mascada, escuchada y recitada millones de veces. Una canción que a nadie o casi nadie despertase, que tal vez fuese tan solo un poema en el más estricto sentido de la palabra.
Y a volar. Su mente se lanzó al vacío del universo que se le plantaba delante, a la nada que imperaba sobre todo lo demás, plagando su mente de preguntas que buscaban respuestas que estaban ocultas detrás de nuevas dudas.
Una paloma absolutamente imaginaria pasó antes sus ojos y desapareció. Era imposible que hubiera ocurrido en realidad, así que Gabriel lo atribuyó a algún tipo de trastorno onírico, que seguramente fuera fruto de la inestabilidad sentimental y mental.
Gabriel, con su cara redondeada y su pelo castaño, a pesar de ser musculoso, tenía miedo de perder.
De perder una partida, un recuerdo, un amigo, un objeto preciado, un minuto, una oportunidad... Todo era demasiado, pero todo era muy poco. Demasiado complicado y muy poco explicado. Demasiado para ser manejado y muy poco para ser disfrutado. Demasiado lleno y muy poco completo.
Gabriel no era un miedoso, ni un enamorado, ni un poeta, a pesar de que pensase como si lo fuera.
Los rayos de sol que atravesaban tímidamente desde el mes de mayo su ventana a eso de las nueve de la mañana, le parecían una fuente de inspiración tan tremebunda que nunca supo decir nada de ello, ni le pudo escribir nada.
A Gabriel le pasaba lo mismo con las mujeres. Cuando estaba enamorado escribía sin cesar sobre ella, pero cuando no, era innombrable para que no rompiese el círculo mágico que se creaba.
Estar enamorado en la mayoría de los casos, acababa siendo un problema. Y lo peor es que el primer problema surgía del propio hecho de no poder evitar estarlo.
Una melena al viento, o tal vez reposando sobre una espalda de mujer, atraían su vista como si fueran un imán visual. Unos ojos oscuros, o tal vez tan claros como el cielo en verano le conquistaban si eran capaces de mirar con sinceridad.
Así creyó conocerla, cuando en realidad, sólo pasó a saber su nombre, su tono y timbre de voz y poco más que el brillo de su pelo.
Me debes un paseo por Madrid
Las mañanas casi nunca clareaban desde las ventanas más bajas del bloque. Hay mañanas en que no llega a dar el sol nunca, de hecho, hace ya varios años que nadie se digna a poner una triste maceta en el balcón para luchar contra la segura defunción de las plantas que en ella se hallase.
Y ahí fue que despertó ella. Un día cualquiera, pongamos que uno de esos en los que imaginas que no va a haber baches, que todo el camino parece cuesta abajo, pero sin temor a una caída.
Se levantó como tantas otras mañanas, sin ganas, pensando en acabar con la rutina lo antes posible, antes de que la rutina acabase con ella.
-¡Alma! ¡Vas a llegar tarde!
El mismo grito de todas las mañanas fue lo primero que escuchó, teniendo la absoluta certeza de que lo que su madre acababa de afirmar era completamente erróneo, como todas las mañanas.
Era escrupulosamente puntual, porque odiaba que la hiciesen esperar, su tiempo no estaba para malgastarse y el de los demás tampoco tenía por qué estarlo. Su hermana Atenea estaba desperezándose en el pasillo con los brazos tan extendidos como podía, casi ambas paredes. Ya tenía seis años, aunque aparentase muchos más y era una niña encantadora.
Alma siempre había querido una hermana, pero sus padres no se dignaron a darle ese regalo hasta que cumplió los once años. Era difícil mantener a las dos, había que pagar el piso y aún tenían deudas pendientes. Alma nunca supo esos detalles, pero se imaginaba algo así.
Alma comenzó a correr hacia el baño, porque por mucho que quisiese a su hermana, sabía lo que tardaba en prepararse, cuando fuese una adolescente iba a ser temible.
-¡Alma! No vale, jo, ¡Estaba yo primero!
-Atenea, por Dios, que tardo un segundo-respondió Alma-, que es que tú tardas mucho y tengo prisa.
Era mentira, pero con su hermana funcionaba, aunque se pusiese de morros. Como le daba pena saber que su hermanita estaba fuera esperando a que se duchase y preparase, se dio bastante prisa en hacerlo.
Terminó rápido, desayunó casi sin ganas y salió de casa por el portal de arriba, que daba a la calle Bailén.
Ese día tenía una visita de lo más particular teniendo en cuenta su lugar de residencia, ya que iban a ir a visitar el Palacio Real y la catedral de la Almudena, que estaban a menos de doscientos metros de casa.
A ella le parecía una solemne estupidez hacer semejante visita, pero como nunca había estado, tampoco le molestó especialmente saber que iba a estar por fin en el palacio Real, aunque no le hiciese gracia la monarquía. Al fin y al cabo, la historia no se puede borrar y ese palacio era un símbolo de lo que fue España en su época.
Ya había convenido con su profesora que se encontraría con el resto de la clase en la plaza de la Almudena, que estaba entre la catedral y el palacio.
El sol se escurría entre las baldosas que conformaban el suelo de la plaza, reflejando una luz mortecina.
Allí, sentada en uno de los bancos de duro granito que parecen no querer dar la bienvenida a los visitantes, esperó a que apareciese el milagro que hiciese desaparecer el tedio del día.
Comenzaba a notar el calor sobre su piel cuando llegó el resto de la clase. Le habría gustado poder salir corriendo a saludar a algún amigo, pero era imposible. Sólo consideraba a una persona su amiga, se llamaba Nuria, pero no estaba en Madrid durante esos días.
Alma nunca se molestó especialmente en tratar de conocer a la gente de su clase, le parecía una tarea muy útil para perder el tiempo y nada más. Y su madre siempre decía que la vida es muy corta, razón de más para no desperdiciar los pocos días que tenemos que vivir.
La profesora se aseguró de que estaban todos un poco a la ligera, sin detenerse especialmente en evitar que los clásicos revoltosos de clase no estuvieran haciendo de las suyas.
Como era por la mañana temprano y no faltaba mucho para que el sol empezase a ser algo agobiante, decidieron visitar primero el palacio Real, que aún tendría una temperatura relativamente fresca durante la visita.
El palacio por dentro no era más que la casa de una nobleza malcriada, que pretendía gobernar a un pueblo al que no conocía, y ni siquiera se molestaba en intentar disimularlo. Entre las cosas más interesantes para Alma, estaba la Real Armería, en la planta baja. Era una sala enorme, llena de armaduras, tanto para adultos como para niños, algunas de ellas claramente utilizadas en batalla y otras puramente ornamentales.
Alma no podía evitar verse obligada a reprimir la risa al ver que algunas armaduras tenían dos capas de protección para la entrepierna, con una especie de coquilla metálica (algunas de tamaño exagerado seguramente) para asegurarse una descendencia.
Era inevitable sorprenderse ante la cantidad de equipos, armaduras y armas que había contenidos en la sala. Según la guía, era, junto a la de Viena, una de las mejores armerías del mundo y contenía piezas del Siglo XV en adelante, lo que a Alma le parecían una cantidad inabarcable de años.
Había una de las armaduras para caballos, que al parecer se denominaban "bardas", que tenía una posición bastante peculiar. Parecía que estuviera posando para un cuadro, mientras que las demás estaban en posiciones más naturales.
Un muchacho con barba que estaba junto a Alma la miró y ante su cara de curiosidad sobre la armadura le comentó el porqué:
-A ti también te parece que está en una postura curiosa, ¿verdad?. Resulta que esta es la armadura con la que Carlos I combatió en Mühlberg, o como se pronuncie, y con la que le retrató Tiziano en un cuadro que ahora está en el museo del Prado. Qué curioso, ¿verdad? Al parecer alguien pensó que quedaría mejor que estuviese en la misma postura que cuando hicieron el cuadro, así que ahí está.
-¿Tú también eres guía del museo o qué?-Respondió Alma, con un tono un poco más agresivo de lo que quería.
-Ya quisiera, me considero un simple enamorado de la historia, un curioso que es incapaz de callarse y que busca a alguien que escuche todas las tonterías que ha aprendido.
-Estás de suerte, -dijo Alma, con su sonrisa más encantadora- se me da genial hacer como que escucho.
-Magnífico, a mí se me da genial hacer como que digo cosas interesantes- dijo guiñándole el ojo-. Me llamo Hugo, por cierto, ¿Tú también tienes nombre o también se te da genial hacer como que no lo tienes?
Alma le miró de arriba a abajo. Sin tener del todo claro qué decir.
-Me llamo Alma. Y ninguna coñita estúpida con el nombre o vuelas por la ventana.
-Sin problemas, no suelo hacer bromas con el nombre, es de esas cosas que no elegimos, así que no está bien utilizarlos para herir a la gente.
El grupo de Alma siguió avanzando, a la espera de que la guía del museo dijese algo más interesante que lo que ese tal Hugo le estaba diciendo a Alma. Lo único que parecía haber calado ligeramente hondo en los jóvenes asistentes era que el Palacio Real de Madrid era el más grande de toda Europa Occidental, al parecer con bastante diferencia y que tenía más de tres mil cuatrocientas habitaciones, algunas de ellas más grandes que toda la casa de Alma. Ahora que también es que habían tenido tiempo de sobra, porque desde que empezaron en 1738, hasta que terminaron en 1892...Son casi 154 años de construcción del edificio. El bloque de Alma seguramente se contruyó en menos de dos.
-Hay un libro de Saramago en que un personaje tiene un nombre horrible - le dijo Hugo a Alma-, Tertuliano Máximo Afonso, vaya nombre. Y el pobre está resentido con su nombre, como es normal.
-Y no me digas más, desde que leíste el libro no has vuelto a meterte con nadie por su nombre.
-En realidad -siguió Hugo-, no fue por eso, pero digamos que empezó la cosa ahí. Por cierto, mira por este balcón. Eso de ahí son los jardines del moro, los diseñó un tal Narciso Pascual, que también es un nombre que vaya... ¿Ves que hay mucha altura hay desde aquí hasta el suelo del jardín?
-Vamos a ver, ¿Qué eres?¿La enciclopedia?
-Más o menos, el caso es que este desnivel lo utilizaban los reyes para hacer que se cayesen los toros que toreaban en esa plaza que está allí -señaló hacia la derecha-, que está entre el Palacio y los jardines de Sabatini.
Alma estaba entre agobiada por la cantidad de información y entretenida por la forma en que él la contaba. Ojalá todos los guías turísticos fuesen así.
-Oye, -dijo Alma- ¿Por qué no eres guía turísitco?
-Resulta -respondió Hugo- que mis formas de presentar las cosas no terminan de coincidir con las que piden aquí, y el hecho es que tampoco me sé las cosas con tanta claridad, sencillamente me sé muchísimos apuntes sobre todo. Pero en general, por ejemplo no te puedo decir quién hizo el palacio. Creo que fue un tal Sachetti, pero no estoy seguro.
-Y eres republicano.
-Sí, supongo que para guía de un palacio Real eso también es un impedimento. -Se mordió los labios- Pero nada, oye, que yo me lo paso genial.
-¿Cómo?¿Yendo detrás de niñas que van de excursión?-Dijo la profesora de Alma- Disculpa muchacho, pero creo que es muy joven para ti.
-No se preocupe señorita -respondió Hugo-, no pretendo nada más que amenizarle la mañana en este museo tan agradable.
La profesora miró a Hugo con cara de ligero desprecio y entornó un poco los ojos. Alma le cogió la mano de Hugo y dijo:
-A menos que ella quiera algo más ¿no?-dijo Alma
Para su edad desde luego tenía una forma de ser y de hacer las cosas completamente fuera de lo común. Hugo no pudo reprimir la risa mientras ella le hacía una sonrisa pícara.
-Si, bueno, supongo que tienes razón.
-¡Jovencita! Estás bajo mi responsabilidad y hasta entonces quiero que te comportes ¿entendido?
-Si profe, no te preocupes, que no haremos nada indebido, al menos no durante la visita del museo. ¿Puedo seguir con mi guía particular?
La profesora le miró y relajó un poco el gesto.
-Pero no os alejéis del grupo, por favor.
La profesora se fue a la parte delantera del grupo de chavales que había traído, mientras Alma y Hugo no hacían ni siquiera amago de acercarse a la piña de muchachos.
El sol pegaba fuerte a través de las ventanas mientras continuaban andando por una sala que al parecer había sido pensada para ser un salón de baile hasta que uno de los Carlos, seguramente Carlos III, dijo Hugo, la convirtió en sala de la guardia, adornada de forma un poco simple pero con muchísimos frescos en el techo, todos ellos mitológicos y relacionados con el tema de la guerra.
-Mira, ahí se supone que sale Eneas siendo recompensado por sus victorias y esa es Venus encargándole a Vulcano que le haga una armadura, creo. Vulcano es el que sale también en el cuadro de Velázquez, La fragua de Vulcano, supongo que sabes cual es.
Tras caminar un poco más, llegaron al Salón del Trono, que según Hugo, era la única sala que no había cambiado jamás de función desde que se empezó a construir el palacio.
-¿Y para qué servía durante la república?
-Fíjate, pues no es mala pregunta, la verdad es que no tengo ni idea. Pero sé que por algún lado aquí cerca hay una sala a la que llaman "La sala de Azaña" porque es donde puso su despacho cuando era presidente. Y el edificio se llamaba Palacio Nacional. Por cierto, fíjate en los espejos, que esto hay muchos guías que no lo comentan. ¿Ves que tienen como unas hojas doradas por el medio del espejo? Resulta que querían tener los espejos más grandes del mundo, pero nadie conocía técnicas para hacerlos por encima de una medida, así que cogieron los espejos más grandes posibles y pusieron encima otras dos placas, taparon las juntas entre las placas y hala, ahí tienes a los supuestos espejos más grandes del mundo.
-¿Siempre hemos sido así de cutres?
-Si, creo que sí. Pero vamos, así de cuadradas no las tiene nadie ¿eh?
Curiosidad tras curiosidad, llegaron al fin de la visita, con el sol de casi mediodía pegando en toda la cara y entraron directos a la Almudena, aunque fuese para huir un poco del calor de fuera.
La Almudena era de las catedrales más modernas que había, ya que no fue catedral hasta el año 1992 que vino el Papa. Y tenía unas vidrieras espantosas.
-Al parecer,-susurró Hugo al oído de Alma- un artista ganó un concurso para que se pusieran sus vidrieras aquí, pero al poco tiempo, Kiko Argüello, que es amigo del señor Rouco Varela, hizo estas y ¡Casualidad!, las pusieron. Vaya grupo...
En la catedral tampoco había mucho que ver, en realidad, porque había sido construida por primera vez como una capilla y luego más grande y luego derrumbada de nuevo... Y había típicas historias tontas de milagros sobre la Almudena a patadas. Se supone que encontraron una imagen de la virgen que llevaba trescientos y pico años oculta y tenía al lado dos cirios que no habían parado de arder desde que la escondieron.
Pero en eso consistían estas historias, tenían que ser cosas imposibles que pretendiesen demostrar la compensación de la fe en la tierra.
Mientras el sol seguía ascendiendo hacia el centro del cielo madrileño y el grupo descendía por la escasa escalinata de la catedral, Hugo desapareció del lado de Alma.
Ella miró confundida alrededor. ¿Cuándo se había marchado? Había estado todo el rato a su lado, era imposible que no se hubiera dado cuenta. De hecho, hacía un momento estaban dándose la mano.
Miró alrededor y de repente se dio cuenta de que al darle la mano, él le había dejado un pequeño papelito en ella.
"Busca las mejores vistas de Madrid, aunque no se vea nada"
Pues menudo mensaje. Este muchacho se habría pensado que lo mismo la realidad era como en las películas o en las novelas, que ella no iba a estar adivinando tonterías. Y menos semejante acertijo, porque vamos, que podía ser cualquier lado. Miró el papel por el otro lado.
"Vale, puede ser cualquier lado, ve hacia el viaducto"
Lo que hay que ver. O la conocía demasiado en muy poco tiempo, o de verdad se daba cuenta de que es imposible que alguien adivine estas cosas así.
Alma vio a su grupo subir por la calle Mayor y aprovechó para enfilar por el Viaducto antes de que su profesora la echase de menos.
Allí, en medio del viaducto, mirando al infinito a través de los cristales que habían puesto a los laterales, estaba Hugo, tal vez esperándola o a lo mejor sólo pensando en algo.
-Todo el mundo le llama Viaducto y punto,-dijo Hugo- pero en realidad se llama el Viaducto de Segovia, porque pasa por encima de Vía de Segovia, que es esta que pasa por aquí abajo ¿sabes?
-Hombre, vivo ahí, -dijo Alma señalando su bloque- sé que esa de ahí es la Vía de Segovia, pero no sabía lo del nombre del Viaducto. ¿Sabes que los cristales están para evitar suicidios?
-No me extraña, si me suicidase, yo también lo haría desde aquí. Y eso que 23 metros de altura no son tantos.
Se quedaron los dos observando la vista que había del Oeste de Madrid desde allí y Hugo le comentó que en una de las obras de reconstrucción del viaducto tuvieron que derruir de nuevo la Almudena.
-Además, el diseño actual -dijo Hugo- tuvo lugar durante la segunda República, que se abrió un concurso y tal... Tuvo que ser restaurado después de la guerra civil, pero aquí sigue. Imagínate la de cosas que habrá visto.
Alma no sabía que pensar, ni si ponerse tan profunda como él, así que no dijo nada. Esperaba una nueva sorpresa por parte de él.
Y efectivamente, la consiguió. Hugo le tendió la mano y le guiñó un ojo. Ella le cogió la mano y se dejo llevar por la calle Bailén hasta la Real Basílica de San Francisco el Grande, tal y como la presentó Hugo. Alma la había visto muchas veces, pero nunca había sabido el nombre ni se había interesado especialmente por ello.
-Seguramente no lo supieses, pero este templo en principio lo iba a diseñar Ventura Rodríguez, el de la parada de metro, -dijo Hugo- pero al final lo hizo otro, no sé porqué. Pero vamos, que a diseñar se metió todo cristo, porque la fachada y las torres son de Sabatini, que es también el que hizo los jardines de al lado del palacio Real.
Hugo invitó a Alma a entrar, aclarando que en realidad era sólo por la cúpula y por el cuadro de Goya que había en la capilla de San Antonio, que era una de las laterales. Al entrar, Alma se quedó mirando la basílica impresionada por todo lo que sabía Hugo y por la inmensa cúpula. Era de las cúpulas más grandes que había visto en su vida, y eso que había estado en la catedral de Florencia.
-Resulta que ésta es la tercera cúpula de planta circular más grande que ha creado la cristiandad. -dijo Hugo- Lo de planta circular significa que....
-Ya sé, que las paredes de debajo -dijo Alma señalando las paredes de la basílica- tienen forma circular en lugar de cuadrada. La de la basílica de Santa Sofía, por ejemplo, es de planta cuadrada,¿verdad?
-Exacto. Vaya, no pensaba que lo supieses. Ese tipo de cosas, como se consideran inútiles, no se las sabe ni dios.
La Basílica era impresionante, especialmente los frescos que había en el inmenso domo de la cúpula y lo sobrecargardo de las pinturas de la capilla mayor.
Cuando entraron en la capilla de San Bernardino, en la que estaba el lienzo de Goya que decía Hugo, Alma se llevó una pequeña sorpresa. Ella nunca habría dicho que semejante pintura fuera de Goya, no se parecía prácticamente nada a su estilo habitual. Hugo explicó que era de la época en la que Goya se dedicaba principalmente a tapices y a pinturas religiosas, antes sufrir una grave enfermedad que al parecer fue lo que llevó a hacer una pintura más personal, que es la que pasó a la historia.
-No hay mucho más que ver, vámonos. -dijo Hugo- Que hay muchísimas cosas que ver aún.
Salieron de la basílica por la puerta principal, que estaba ligeramente curvada, algo en lo que no se había fijado Alma al entrar.
Mientras iban subiendo por la carrera de San Francisco, Hugo le explicó que era para que se pudiera ver desde más ángulos y parecer más grande. Siguieron subiendo hasta llegar a una plaza que se llamaba "puerta de moros".
-Vas a pensar que soy un católico obseso reprimido porque te llevo constantemente a sitios con iglesias, pero me temo que es que la historia de Madrid esta ligadísima a las religiones. Primero a la musulmana y luego a la católica.
La plaza de la Cebada, donde se sitúa el mercado de la cebada, estaba un poco más adelante, y en su momento fue el mercado central de Madrid, en donde se abastecía la práctica totalidad de la población madrileña.
-Lo que podríamos llamar particular de la plaza -comentó Hugo mientras subía las escaleras- es que aquí es donde se situaba una de las puertas de entrada a Madrid, cuando aún existía la muralla cristiana en Madrid. Y la otra cosa así interesante es esta iglesia, -señaló al edificio que colindaba con la plaza- que resulta que es la parroquia más antigua de Madrid, así a lo tonto.
-¿Esto no es la zona de la morería? -dijo Alma, tratando de hacer gala de conocimientos- de aquí para allá era el barrio de los moros, ¿verdad?
-Efectivamente, aunque la verdad es que de ese tema no sé demasiado tampoco. Lo que sí puedo decirte es que San Isidro estaba aquí enterrado, no sé si sigue. Dentro de la iglesia hay una capilla dedicada a él que tiene una reja en el suelo que marca dónde estaba enterrado.
Pasaron la plaza dejando la parroquia a la derecha. Hugo señaló una calle perpendicular y le dijo a Alma que allí había uno de los fragmentos de muralla que quedaban en exposición en Madrid.
Hugo siguió andando, pasó una plaza de tierra con unos cuantos árboles y entró a un pequeño jardín.
-Este jardín es el jardín del príncipe de Anglona, -dijo Hugo- aunque la verdad es que sé eso por el cartelito de la puerta. Decía algo de que el diseño no era el original, pero no me ha dado tiempo a leerlo. Es un sitio perfecto para tomarse un descanso, ¿a que sí? -dijo mientras se sentaba en un banco de granito
-Ahora en serio, -dijo Alma- no entiendo por qué estás haciendo todo esto. Hacerme este tour por Madrid, así sin conocerme de nada...
-En realidad conozco bastante de ti. No te asustes, no soy un espía ni nada por el estilo. -Dijo Hugo sonriendo- Es que eres un poco predecible, me temo. No es que sea nada malo, pero te delatan la mayoría de los gestos que haces, eres muy expresiva.
-Bueno, pues nada, oye. ¿Seguimos con la visita guiada o aún estás cansado?
Hugo la miró con cara de sorpresa a la vez que sonreía.
-No, si lo de descansar era por ti. Ven anda.
Salieron del jardín y terminaron de bajar la cuesta. Hugo señaló a la izquierda.
-Recuerdas el viaducto, ¿verdad? Pues ahí está.
Visto desde ahí resultaba mucho más imponente que desde arriba, con su sólida estructura de hormigón, tan similar a los puentes que se hacían en la revolución industrial.
Hugo comenzó a subir unas escaleras que había en la plaza de enfrente y comenzó a subir por una calle que dijo que se llamaba "calle del rollo". El rollo era un palo de piedra donde se torturaba a los condenados menores, normalmente a recibir latigazos.
Giró a la izquierda, entrando en una callejuela que después torcía a la derecha. El callejón llevaba a una calle más grande, a la que Hugo no parecía llamarle la atención lo más mínimo, ya que giró a la derecha y se metió por un callejón bastante pequeño al que ni si quiera iluminaba el sol. Siguieron avanzando hasta llegar a una plazuela pequeña que Hugo dijo que era la plaza de la Villa, donde antes estuvo el ayuntamiento de Madrid.
-Aquí dan conciertos a veces, creo. -dijo Alma- Y leí en el periódico que en ese edificio...
-El palacio de los Lujanes, aunque sólo quede la torre.
-Eso, lo que sea. El caso es que ahí está el no sé qué de moral y ética. No tengo muy claro qué hacen aparte de perder el tiempo, pero te sé decir que Rouco Varela es uno de los miembros de eso.
-Pues la verdad es que no lo sabía, pero si no he oído hablar de ello seguramente es porque su trabajo no será especialmente destacable. -Dijo Hugo mientras terminaba de subir la plaza y giraba a la derecha por la calle mayor- Vamos a subir por esta calle, que te quiero enseñar la plaza mayor.
-Ya conozco la plaza mayor ¿sabes?
-Ya, pero sería capaz de apostar a que sólo has ido de noche o en navidades.
Alma se mordió el labio. Le molestaba admitirlo, pero tenía razón. No recordaba haber visto esa plaza de día nunca. Mientras subían, Hugo miró a Alma a la cara y dijo:
-Bueno, yo creo que toca un descanso de verdad, así que vamos a parar a tomarnos unas tapas y una caña en el mercado de San Miguel, que está aquí al lado.
Cuando ya se veía la entrada a la plaza, Hugo giró a la derecha hacia una estructura moderna de cristal. Ese debía de ser el mercado de San Miguel. Entraron ambos dentro, agradeciendo para sus adentros el aire acondicionado y Hugo fue directo a pedir dos cañas a uno de los mostradores que había. Era curioso, porque todos los mostradores eran, por decirlo de alguna manera, temáticos. En uno sólo se servía cerveza, en otro sólo jamón, en uno pinchos variados... Hugo pidió un plato de jamón y lo llevó a una mesa que había en el centro del mercado, donde invitó a Alma a sentarse.
-Te gusta el jamón ¿verdad? -dijo Hugo mientras picaba una lámina- A todo el mundo le gusta el jamón.
-La verdad es que sí que me gusta, pero no sé qué decirte de eso de que a todo el mundo le gusta.
-A gente muy rara conoces tú, me parece a mí. El jamón le tiene que gustar a todo el mundo, si no no habrían traficado con él los cristianos durante la ocupación musulmana.
-¿En serio?-dijo Alma sorprendida
-Suena ridículo, pero sí... Bueno, a menos que quieras más jamón u otra caña, podemos seguir.
Esta vez fue Alma la que le tendió la mano a Hugo para salir de allí y dirigirse a la Plaza Mayor. Entraron por un arco que dejaba a la casa de la panadería a la izquierda, un edificio con unos frescos verdaderamente peculiares para un sitio llamado así.
-La casa de la panadería se llama así porque en su momento sirvió como fábrica de pan, por decirlo de alguna manera. En realidad, no tengo tampoco mucho que decir de ella, -dijo Hugo, llevándose una mano a la nuca- es una plaza bonita, pero la historia es un poco monótona, no hay nada especialmente destacable... Bueno, que como está en un desnivel muy grande, hay un montón de bares que tienen unos sótanos enormes debajo de la plaza, porque todo esto es absolutamente artificial, aquí antes había una cuesta...
Alma miró hacia el Arco de Cuchilleros, que ilustraba perfectamente lo que decía Hugo, con esas escaleras que parecían descender a lo más profundo de Madrid. Hugo dio un leve tirón de la mano de Alma para salir por el arco más cercano al que habían entrado, que les llevó de nuevo a la calle Mayor. Cruzaron la calle mayor y siguieron hacia delante por la calle de enfrente, que les llevó a una pequeña especie de plaza, en la que Hugo giró a la izquierda, para volver a girar a la derecha.
-Me temo que esta parte del camino tampoco es especialmente bonita, y que yo sepa no tiene mayor interés fuera del hecho de ser parte de Madrid, pero ahora llegaremos a Ópera, que sí que está muy bien.-dijo Hugo- Esta calle se llama calle de la escalinata, -indicó mientras entraban en la calle- si no me equivoco, se llama así porque esta cuesta antes era una escalinata de granito o algo así. Muy original, como puedes ver.
Tras subir la cuesta, llegaron a una plaza con suelo de granito claro muy brillante, casi molesto a los ojos. Había apenas un par de árboles que diesen sombra y un kiosko. A la izquierda quedaba un edificio también de granito, imponente y majestuoso: El Teatro Real.
-¿Ese es el Teatro Real, verdad que sí?-dijo Alma señalando el edificio
-Exacto. Este teatro, que ahora se ve tan bonito y tal, en las primeras temporadas tuvo tantas pérdidas que se tuvo que dejar en manos privadas. Y creo que los cinco o seis primeros que lo adquirieron se arruinaron, o sea que te puedes imaginar la risa que ha dado el teatro. Aún hoy en día es uno de los más caros de España.
Pasaron junto al edificio en dirección a la Plaza de Oriente.
-Van a empezar a echarte de menos, así que casi vamos a dirigirnos a tu grupo.
Cuando entraron en la plaza de Oriente, Hugo comentó que las estatuas que había allí habían sido inicialmente concebidas para estar encima del palacio, donde ahora había una especie de jarrones, pero pensaron que iba a ser demasiado barroco, así que las repartieron por parques de Madrid. Y esa era además la razón de que tuvieran tan poco detalle comparadas con otras estatuas de Madrid.
Según iba terminando Hugo la frase, vieron el grupo de Alma sentado allí cerca en el césped. Hugo le dio un beso en la mejilla.
-Lo siento muchacha, -dijo Hugo mientras se apartaba- pero creo que como me vean contigo, tu profe me decapita. Cuídate.
Alma no tenía nada claro qué decir, así que se quedó quieta, sin terminar de comprender nada del día que había tenido. Había conocido Madrid con un desconocido y sabía que no debería haberlo hecho, pero le daba igual.
Todo estaba siendo muy extraño.
-¡Alma!¿Se puede saber dónde te has metido? -gritó la profesora desde lejos- ¡Ven aquí ahora mismo!
Alma se dirigió hacia el grupo y se sentó en el césped junto a la profesora mientras ella le echaba la típica bronca cargada de razón que en el fondo nos da igual a todos. Miró a los ojos a la profesora y sin darse muy bien cuenta de cómo se sintió en una posición un poco más horizontal que antes.
Creyó reconocer en la cara de la profesora los ojos azules de su madre mientras ella le movía con los brazos.
-Alma, hija, ¡Que vas a llegar tarde al tour por Madrid! -decía su madre mientras la zarandeaba- Venga, levanta, dormilona.
Alma estaba estupefacta, no terminaba de entender nada. ¿Y Hugo? ¿Y la profesora? ¿Qué narices había pasado? Miró a su madre.
-Que sí mamá, que ya estoy despierta.
La madre la soltó y le indicó que le esperaba el desayuno en la cocina.
-Venga hija, que vais a descubrir la ciudad.
-Buf, si ya conozco Madrid.
Y ahí fue que despertó ella. Un día cualquiera, pongamos que uno de esos en los que imaginas que no va a haber baches, que todo el camino parece cuesta abajo, pero sin temor a una caída.
Se levantó como tantas otras mañanas, sin ganas, pensando en acabar con la rutina lo antes posible, antes de que la rutina acabase con ella.
-¡Alma! ¡Vas a llegar tarde!
El mismo grito de todas las mañanas fue lo primero que escuchó, teniendo la absoluta certeza de que lo que su madre acababa de afirmar era completamente erróneo, como todas las mañanas.
Era escrupulosamente puntual, porque odiaba que la hiciesen esperar, su tiempo no estaba para malgastarse y el de los demás tampoco tenía por qué estarlo. Su hermana Atenea estaba desperezándose en el pasillo con los brazos tan extendidos como podía, casi ambas paredes. Ya tenía seis años, aunque aparentase muchos más y era una niña encantadora.
Alma siempre había querido una hermana, pero sus padres no se dignaron a darle ese regalo hasta que cumplió los once años. Era difícil mantener a las dos, había que pagar el piso y aún tenían deudas pendientes. Alma nunca supo esos detalles, pero se imaginaba algo así.
Alma comenzó a correr hacia el baño, porque por mucho que quisiese a su hermana, sabía lo que tardaba en prepararse, cuando fuese una adolescente iba a ser temible.
-¡Alma! No vale, jo, ¡Estaba yo primero!
-Atenea, por Dios, que tardo un segundo-respondió Alma-, que es que tú tardas mucho y tengo prisa.
Era mentira, pero con su hermana funcionaba, aunque se pusiese de morros. Como le daba pena saber que su hermanita estaba fuera esperando a que se duchase y preparase, se dio bastante prisa en hacerlo.
Terminó rápido, desayunó casi sin ganas y salió de casa por el portal de arriba, que daba a la calle Bailén.
Ese día tenía una visita de lo más particular teniendo en cuenta su lugar de residencia, ya que iban a ir a visitar el Palacio Real y la catedral de la Almudena, que estaban a menos de doscientos metros de casa.
A ella le parecía una solemne estupidez hacer semejante visita, pero como nunca había estado, tampoco le molestó especialmente saber que iba a estar por fin en el palacio Real, aunque no le hiciese gracia la monarquía. Al fin y al cabo, la historia no se puede borrar y ese palacio era un símbolo de lo que fue España en su época.
Ya había convenido con su profesora que se encontraría con el resto de la clase en la plaza de la Almudena, que estaba entre la catedral y el palacio.
El sol se escurría entre las baldosas que conformaban el suelo de la plaza, reflejando una luz mortecina.
Allí, sentada en uno de los bancos de duro granito que parecen no querer dar la bienvenida a los visitantes, esperó a que apareciese el milagro que hiciese desaparecer el tedio del día.
Comenzaba a notar el calor sobre su piel cuando llegó el resto de la clase. Le habría gustado poder salir corriendo a saludar a algún amigo, pero era imposible. Sólo consideraba a una persona su amiga, se llamaba Nuria, pero no estaba en Madrid durante esos días.
Alma nunca se molestó especialmente en tratar de conocer a la gente de su clase, le parecía una tarea muy útil para perder el tiempo y nada más. Y su madre siempre decía que la vida es muy corta, razón de más para no desperdiciar los pocos días que tenemos que vivir.
La profesora se aseguró de que estaban todos un poco a la ligera, sin detenerse especialmente en evitar que los clásicos revoltosos de clase no estuvieran haciendo de las suyas.
Como era por la mañana temprano y no faltaba mucho para que el sol empezase a ser algo agobiante, decidieron visitar primero el palacio Real, que aún tendría una temperatura relativamente fresca durante la visita.
El palacio por dentro no era más que la casa de una nobleza malcriada, que pretendía gobernar a un pueblo al que no conocía, y ni siquiera se molestaba en intentar disimularlo. Entre las cosas más interesantes para Alma, estaba la Real Armería, en la planta baja. Era una sala enorme, llena de armaduras, tanto para adultos como para niños, algunas de ellas claramente utilizadas en batalla y otras puramente ornamentales.
Alma no podía evitar verse obligada a reprimir la risa al ver que algunas armaduras tenían dos capas de protección para la entrepierna, con una especie de coquilla metálica (algunas de tamaño exagerado seguramente) para asegurarse una descendencia.
Era inevitable sorprenderse ante la cantidad de equipos, armaduras y armas que había contenidos en la sala. Según la guía, era, junto a la de Viena, una de las mejores armerías del mundo y contenía piezas del Siglo XV en adelante, lo que a Alma le parecían una cantidad inabarcable de años.
Había una de las armaduras para caballos, que al parecer se denominaban "bardas", que tenía una posición bastante peculiar. Parecía que estuviera posando para un cuadro, mientras que las demás estaban en posiciones más naturales.
Un muchacho con barba que estaba junto a Alma la miró y ante su cara de curiosidad sobre la armadura le comentó el porqué:
-A ti también te parece que está en una postura curiosa, ¿verdad?. Resulta que esta es la armadura con la que Carlos I combatió en Mühlberg, o como se pronuncie, y con la que le retrató Tiziano en un cuadro que ahora está en el museo del Prado. Qué curioso, ¿verdad? Al parecer alguien pensó que quedaría mejor que estuviese en la misma postura que cuando hicieron el cuadro, así que ahí está.
-¿Tú también eres guía del museo o qué?-Respondió Alma, con un tono un poco más agresivo de lo que quería.
-Ya quisiera, me considero un simple enamorado de la historia, un curioso que es incapaz de callarse y que busca a alguien que escuche todas las tonterías que ha aprendido.
-Estás de suerte, -dijo Alma, con su sonrisa más encantadora- se me da genial hacer como que escucho.
-Magnífico, a mí se me da genial hacer como que digo cosas interesantes- dijo guiñándole el ojo-. Me llamo Hugo, por cierto, ¿Tú también tienes nombre o también se te da genial hacer como que no lo tienes?
Alma le miró de arriba a abajo. Sin tener del todo claro qué decir.
-Me llamo Alma. Y ninguna coñita estúpida con el nombre o vuelas por la ventana.
-Sin problemas, no suelo hacer bromas con el nombre, es de esas cosas que no elegimos, así que no está bien utilizarlos para herir a la gente.
El grupo de Alma siguió avanzando, a la espera de que la guía del museo dijese algo más interesante que lo que ese tal Hugo le estaba diciendo a Alma. Lo único que parecía haber calado ligeramente hondo en los jóvenes asistentes era que el Palacio Real de Madrid era el más grande de toda Europa Occidental, al parecer con bastante diferencia y que tenía más de tres mil cuatrocientas habitaciones, algunas de ellas más grandes que toda la casa de Alma. Ahora que también es que habían tenido tiempo de sobra, porque desde que empezaron en 1738, hasta que terminaron en 1892...Son casi 154 años de construcción del edificio. El bloque de Alma seguramente se contruyó en menos de dos.
-Hay un libro de Saramago en que un personaje tiene un nombre horrible - le dijo Hugo a Alma-, Tertuliano Máximo Afonso, vaya nombre. Y el pobre está resentido con su nombre, como es normal.
-Y no me digas más, desde que leíste el libro no has vuelto a meterte con nadie por su nombre.
-En realidad -siguió Hugo-, no fue por eso, pero digamos que empezó la cosa ahí. Por cierto, mira por este balcón. Eso de ahí son los jardines del moro, los diseñó un tal Narciso Pascual, que también es un nombre que vaya... ¿Ves que hay mucha altura hay desde aquí hasta el suelo del jardín?
-Vamos a ver, ¿Qué eres?¿La enciclopedia?
-Más o menos, el caso es que este desnivel lo utilizaban los reyes para hacer que se cayesen los toros que toreaban en esa plaza que está allí -señaló hacia la derecha-, que está entre el Palacio y los jardines de Sabatini.
Alma estaba entre agobiada por la cantidad de información y entretenida por la forma en que él la contaba. Ojalá todos los guías turísticos fuesen así.
-Oye, -dijo Alma- ¿Por qué no eres guía turísitco?
-Resulta -respondió Hugo- que mis formas de presentar las cosas no terminan de coincidir con las que piden aquí, y el hecho es que tampoco me sé las cosas con tanta claridad, sencillamente me sé muchísimos apuntes sobre todo. Pero en general, por ejemplo no te puedo decir quién hizo el palacio. Creo que fue un tal Sachetti, pero no estoy seguro.
-Y eres republicano.
-Sí, supongo que para guía de un palacio Real eso también es un impedimento. -Se mordió los labios- Pero nada, oye, que yo me lo paso genial.
-¿Cómo?¿Yendo detrás de niñas que van de excursión?-Dijo la profesora de Alma- Disculpa muchacho, pero creo que es muy joven para ti.
-No se preocupe señorita -respondió Hugo-, no pretendo nada más que amenizarle la mañana en este museo tan agradable.
La profesora miró a Hugo con cara de ligero desprecio y entornó un poco los ojos. Alma le cogió la mano de Hugo y dijo:
-A menos que ella quiera algo más ¿no?-dijo Alma
Para su edad desde luego tenía una forma de ser y de hacer las cosas completamente fuera de lo común. Hugo no pudo reprimir la risa mientras ella le hacía una sonrisa pícara.
-Si, bueno, supongo que tienes razón.
-¡Jovencita! Estás bajo mi responsabilidad y hasta entonces quiero que te comportes ¿entendido?
-Si profe, no te preocupes, que no haremos nada indebido, al menos no durante la visita del museo. ¿Puedo seguir con mi guía particular?
La profesora le miró y relajó un poco el gesto.
-Pero no os alejéis del grupo, por favor.
La profesora se fue a la parte delantera del grupo de chavales que había traído, mientras Alma y Hugo no hacían ni siquiera amago de acercarse a la piña de muchachos.
El sol pegaba fuerte a través de las ventanas mientras continuaban andando por una sala que al parecer había sido pensada para ser un salón de baile hasta que uno de los Carlos, seguramente Carlos III, dijo Hugo, la convirtió en sala de la guardia, adornada de forma un poco simple pero con muchísimos frescos en el techo, todos ellos mitológicos y relacionados con el tema de la guerra.
-Mira, ahí se supone que sale Eneas siendo recompensado por sus victorias y esa es Venus encargándole a Vulcano que le haga una armadura, creo. Vulcano es el que sale también en el cuadro de Velázquez, La fragua de Vulcano, supongo que sabes cual es.
Tras caminar un poco más, llegaron al Salón del Trono, que según Hugo, era la única sala que no había cambiado jamás de función desde que se empezó a construir el palacio.
-¿Y para qué servía durante la república?
-Fíjate, pues no es mala pregunta, la verdad es que no tengo ni idea. Pero sé que por algún lado aquí cerca hay una sala a la que llaman "La sala de Azaña" porque es donde puso su despacho cuando era presidente. Y el edificio se llamaba Palacio Nacional. Por cierto, fíjate en los espejos, que esto hay muchos guías que no lo comentan. ¿Ves que tienen como unas hojas doradas por el medio del espejo? Resulta que querían tener los espejos más grandes del mundo, pero nadie conocía técnicas para hacerlos por encima de una medida, así que cogieron los espejos más grandes posibles y pusieron encima otras dos placas, taparon las juntas entre las placas y hala, ahí tienes a los supuestos espejos más grandes del mundo.
-¿Siempre hemos sido así de cutres?
-Si, creo que sí. Pero vamos, así de cuadradas no las tiene nadie ¿eh?
Curiosidad tras curiosidad, llegaron al fin de la visita, con el sol de casi mediodía pegando en toda la cara y entraron directos a la Almudena, aunque fuese para huir un poco del calor de fuera.
La Almudena era de las catedrales más modernas que había, ya que no fue catedral hasta el año 1992 que vino el Papa. Y tenía unas vidrieras espantosas.
-Al parecer,-susurró Hugo al oído de Alma- un artista ganó un concurso para que se pusieran sus vidrieras aquí, pero al poco tiempo, Kiko Argüello, que es amigo del señor Rouco Varela, hizo estas y ¡Casualidad!, las pusieron. Vaya grupo...
En la catedral tampoco había mucho que ver, en realidad, porque había sido construida por primera vez como una capilla y luego más grande y luego derrumbada de nuevo... Y había típicas historias tontas de milagros sobre la Almudena a patadas. Se supone que encontraron una imagen de la virgen que llevaba trescientos y pico años oculta y tenía al lado dos cirios que no habían parado de arder desde que la escondieron.
Pero en eso consistían estas historias, tenían que ser cosas imposibles que pretendiesen demostrar la compensación de la fe en la tierra.
Mientras el sol seguía ascendiendo hacia el centro del cielo madrileño y el grupo descendía por la escasa escalinata de la catedral, Hugo desapareció del lado de Alma.
Ella miró confundida alrededor. ¿Cuándo se había marchado? Había estado todo el rato a su lado, era imposible que no se hubiera dado cuenta. De hecho, hacía un momento estaban dándose la mano.
Miró alrededor y de repente se dio cuenta de que al darle la mano, él le había dejado un pequeño papelito en ella.
"Busca las mejores vistas de Madrid, aunque no se vea nada"
Pues menudo mensaje. Este muchacho se habría pensado que lo mismo la realidad era como en las películas o en las novelas, que ella no iba a estar adivinando tonterías. Y menos semejante acertijo, porque vamos, que podía ser cualquier lado. Miró el papel por el otro lado.
"Vale, puede ser cualquier lado, ve hacia el viaducto"
Lo que hay que ver. O la conocía demasiado en muy poco tiempo, o de verdad se daba cuenta de que es imposible que alguien adivine estas cosas así.
Alma vio a su grupo subir por la calle Mayor y aprovechó para enfilar por el Viaducto antes de que su profesora la echase de menos.
Allí, en medio del viaducto, mirando al infinito a través de los cristales que habían puesto a los laterales, estaba Hugo, tal vez esperándola o a lo mejor sólo pensando en algo.
-Todo el mundo le llama Viaducto y punto,-dijo Hugo- pero en realidad se llama el Viaducto de Segovia, porque pasa por encima de Vía de Segovia, que es esta que pasa por aquí abajo ¿sabes?
-Hombre, vivo ahí, -dijo Alma señalando su bloque- sé que esa de ahí es la Vía de Segovia, pero no sabía lo del nombre del Viaducto. ¿Sabes que los cristales están para evitar suicidios?
-No me extraña, si me suicidase, yo también lo haría desde aquí. Y eso que 23 metros de altura no son tantos.
Se quedaron los dos observando la vista que había del Oeste de Madrid desde allí y Hugo le comentó que en una de las obras de reconstrucción del viaducto tuvieron que derruir de nuevo la Almudena.
-Además, el diseño actual -dijo Hugo- tuvo lugar durante la segunda República, que se abrió un concurso y tal... Tuvo que ser restaurado después de la guerra civil, pero aquí sigue. Imagínate la de cosas que habrá visto.
Alma no sabía que pensar, ni si ponerse tan profunda como él, así que no dijo nada. Esperaba una nueva sorpresa por parte de él.
Y efectivamente, la consiguió. Hugo le tendió la mano y le guiñó un ojo. Ella le cogió la mano y se dejo llevar por la calle Bailén hasta la Real Basílica de San Francisco el Grande, tal y como la presentó Hugo. Alma la había visto muchas veces, pero nunca había sabido el nombre ni se había interesado especialmente por ello.
-Seguramente no lo supieses, pero este templo en principio lo iba a diseñar Ventura Rodríguez, el de la parada de metro, -dijo Hugo- pero al final lo hizo otro, no sé porqué. Pero vamos, que a diseñar se metió todo cristo, porque la fachada y las torres son de Sabatini, que es también el que hizo los jardines de al lado del palacio Real.
Hugo invitó a Alma a entrar, aclarando que en realidad era sólo por la cúpula y por el cuadro de Goya que había en la capilla de San Antonio, que era una de las laterales. Al entrar, Alma se quedó mirando la basílica impresionada por todo lo que sabía Hugo y por la inmensa cúpula. Era de las cúpulas más grandes que había visto en su vida, y eso que había estado en la catedral de Florencia.
-Resulta que ésta es la tercera cúpula de planta circular más grande que ha creado la cristiandad. -dijo Hugo- Lo de planta circular significa que....
-Ya sé, que las paredes de debajo -dijo Alma señalando las paredes de la basílica- tienen forma circular en lugar de cuadrada. La de la basílica de Santa Sofía, por ejemplo, es de planta cuadrada,¿verdad?
-Exacto. Vaya, no pensaba que lo supieses. Ese tipo de cosas, como se consideran inútiles, no se las sabe ni dios.
La Basílica era impresionante, especialmente los frescos que había en el inmenso domo de la cúpula y lo sobrecargardo de las pinturas de la capilla mayor.
Cuando entraron en la capilla de San Bernardino, en la que estaba el lienzo de Goya que decía Hugo, Alma se llevó una pequeña sorpresa. Ella nunca habría dicho que semejante pintura fuera de Goya, no se parecía prácticamente nada a su estilo habitual. Hugo explicó que era de la época en la que Goya se dedicaba principalmente a tapices y a pinturas religiosas, antes sufrir una grave enfermedad que al parecer fue lo que llevó a hacer una pintura más personal, que es la que pasó a la historia.
-No hay mucho más que ver, vámonos. -dijo Hugo- Que hay muchísimas cosas que ver aún.
Salieron de la basílica por la puerta principal, que estaba ligeramente curvada, algo en lo que no se había fijado Alma al entrar.
Mientras iban subiendo por la carrera de San Francisco, Hugo le explicó que era para que se pudiera ver desde más ángulos y parecer más grande. Siguieron subiendo hasta llegar a una plaza que se llamaba "puerta de moros".
-Vas a pensar que soy un católico obseso reprimido porque te llevo constantemente a sitios con iglesias, pero me temo que es que la historia de Madrid esta ligadísima a las religiones. Primero a la musulmana y luego a la católica.
La plaza de la Cebada, donde se sitúa el mercado de la cebada, estaba un poco más adelante, y en su momento fue el mercado central de Madrid, en donde se abastecía la práctica totalidad de la población madrileña.
-Lo que podríamos llamar particular de la plaza -comentó Hugo mientras subía las escaleras- es que aquí es donde se situaba una de las puertas de entrada a Madrid, cuando aún existía la muralla cristiana en Madrid. Y la otra cosa así interesante es esta iglesia, -señaló al edificio que colindaba con la plaza- que resulta que es la parroquia más antigua de Madrid, así a lo tonto.
-¿Esto no es la zona de la morería? -dijo Alma, tratando de hacer gala de conocimientos- de aquí para allá era el barrio de los moros, ¿verdad?
-Efectivamente, aunque la verdad es que de ese tema no sé demasiado tampoco. Lo que sí puedo decirte es que San Isidro estaba aquí enterrado, no sé si sigue. Dentro de la iglesia hay una capilla dedicada a él que tiene una reja en el suelo que marca dónde estaba enterrado.
Pasaron la plaza dejando la parroquia a la derecha. Hugo señaló una calle perpendicular y le dijo a Alma que allí había uno de los fragmentos de muralla que quedaban en exposición en Madrid.
Hugo siguió andando, pasó una plaza de tierra con unos cuantos árboles y entró a un pequeño jardín.
-Este jardín es el jardín del príncipe de Anglona, -dijo Hugo- aunque la verdad es que sé eso por el cartelito de la puerta. Decía algo de que el diseño no era el original, pero no me ha dado tiempo a leerlo. Es un sitio perfecto para tomarse un descanso, ¿a que sí? -dijo mientras se sentaba en un banco de granito
-Ahora en serio, -dijo Alma- no entiendo por qué estás haciendo todo esto. Hacerme este tour por Madrid, así sin conocerme de nada...
-En realidad conozco bastante de ti. No te asustes, no soy un espía ni nada por el estilo. -Dijo Hugo sonriendo- Es que eres un poco predecible, me temo. No es que sea nada malo, pero te delatan la mayoría de los gestos que haces, eres muy expresiva.
-Bueno, pues nada, oye. ¿Seguimos con la visita guiada o aún estás cansado?
Hugo la miró con cara de sorpresa a la vez que sonreía.
-No, si lo de descansar era por ti. Ven anda.
Salieron del jardín y terminaron de bajar la cuesta. Hugo señaló a la izquierda.
-Recuerdas el viaducto, ¿verdad? Pues ahí está.
Visto desde ahí resultaba mucho más imponente que desde arriba, con su sólida estructura de hormigón, tan similar a los puentes que se hacían en la revolución industrial.
Hugo comenzó a subir unas escaleras que había en la plaza de enfrente y comenzó a subir por una calle que dijo que se llamaba "calle del rollo". El rollo era un palo de piedra donde se torturaba a los condenados menores, normalmente a recibir latigazos.
Giró a la izquierda, entrando en una callejuela que después torcía a la derecha. El callejón llevaba a una calle más grande, a la que Hugo no parecía llamarle la atención lo más mínimo, ya que giró a la derecha y se metió por un callejón bastante pequeño al que ni si quiera iluminaba el sol. Siguieron avanzando hasta llegar a una plazuela pequeña que Hugo dijo que era la plaza de la Villa, donde antes estuvo el ayuntamiento de Madrid.
-Aquí dan conciertos a veces, creo. -dijo Alma- Y leí en el periódico que en ese edificio...
-El palacio de los Lujanes, aunque sólo quede la torre.
-Eso, lo que sea. El caso es que ahí está el no sé qué de moral y ética. No tengo muy claro qué hacen aparte de perder el tiempo, pero te sé decir que Rouco Varela es uno de los miembros de eso.
-Pues la verdad es que no lo sabía, pero si no he oído hablar de ello seguramente es porque su trabajo no será especialmente destacable. -Dijo Hugo mientras terminaba de subir la plaza y giraba a la derecha por la calle mayor- Vamos a subir por esta calle, que te quiero enseñar la plaza mayor.
-Ya conozco la plaza mayor ¿sabes?
-Ya, pero sería capaz de apostar a que sólo has ido de noche o en navidades.
Alma se mordió el labio. Le molestaba admitirlo, pero tenía razón. No recordaba haber visto esa plaza de día nunca. Mientras subían, Hugo miró a Alma a la cara y dijo:
-Bueno, yo creo que toca un descanso de verdad, así que vamos a parar a tomarnos unas tapas y una caña en el mercado de San Miguel, que está aquí al lado.
Cuando ya se veía la entrada a la plaza, Hugo giró a la derecha hacia una estructura moderna de cristal. Ese debía de ser el mercado de San Miguel. Entraron ambos dentro, agradeciendo para sus adentros el aire acondicionado y Hugo fue directo a pedir dos cañas a uno de los mostradores que había. Era curioso, porque todos los mostradores eran, por decirlo de alguna manera, temáticos. En uno sólo se servía cerveza, en otro sólo jamón, en uno pinchos variados... Hugo pidió un plato de jamón y lo llevó a una mesa que había en el centro del mercado, donde invitó a Alma a sentarse.
-Te gusta el jamón ¿verdad? -dijo Hugo mientras picaba una lámina- A todo el mundo le gusta el jamón.
-La verdad es que sí que me gusta, pero no sé qué decirte de eso de que a todo el mundo le gusta.
-A gente muy rara conoces tú, me parece a mí. El jamón le tiene que gustar a todo el mundo, si no no habrían traficado con él los cristianos durante la ocupación musulmana.
-¿En serio?-dijo Alma sorprendida
-Suena ridículo, pero sí... Bueno, a menos que quieras más jamón u otra caña, podemos seguir.
Esta vez fue Alma la que le tendió la mano a Hugo para salir de allí y dirigirse a la Plaza Mayor. Entraron por un arco que dejaba a la casa de la panadería a la izquierda, un edificio con unos frescos verdaderamente peculiares para un sitio llamado así.
-La casa de la panadería se llama así porque en su momento sirvió como fábrica de pan, por decirlo de alguna manera. En realidad, no tengo tampoco mucho que decir de ella, -dijo Hugo, llevándose una mano a la nuca- es una plaza bonita, pero la historia es un poco monótona, no hay nada especialmente destacable... Bueno, que como está en un desnivel muy grande, hay un montón de bares que tienen unos sótanos enormes debajo de la plaza, porque todo esto es absolutamente artificial, aquí antes había una cuesta...
Alma miró hacia el Arco de Cuchilleros, que ilustraba perfectamente lo que decía Hugo, con esas escaleras que parecían descender a lo más profundo de Madrid. Hugo dio un leve tirón de la mano de Alma para salir por el arco más cercano al que habían entrado, que les llevó de nuevo a la calle Mayor. Cruzaron la calle mayor y siguieron hacia delante por la calle de enfrente, que les llevó a una pequeña especie de plaza, en la que Hugo giró a la izquierda, para volver a girar a la derecha.
-Me temo que esta parte del camino tampoco es especialmente bonita, y que yo sepa no tiene mayor interés fuera del hecho de ser parte de Madrid, pero ahora llegaremos a Ópera, que sí que está muy bien.-dijo Hugo- Esta calle se llama calle de la escalinata, -indicó mientras entraban en la calle- si no me equivoco, se llama así porque esta cuesta antes era una escalinata de granito o algo así. Muy original, como puedes ver.
Tras subir la cuesta, llegaron a una plaza con suelo de granito claro muy brillante, casi molesto a los ojos. Había apenas un par de árboles que diesen sombra y un kiosko. A la izquierda quedaba un edificio también de granito, imponente y majestuoso: El Teatro Real.
-¿Ese es el Teatro Real, verdad que sí?-dijo Alma señalando el edificio
-Exacto. Este teatro, que ahora se ve tan bonito y tal, en las primeras temporadas tuvo tantas pérdidas que se tuvo que dejar en manos privadas. Y creo que los cinco o seis primeros que lo adquirieron se arruinaron, o sea que te puedes imaginar la risa que ha dado el teatro. Aún hoy en día es uno de los más caros de España.
Pasaron junto al edificio en dirección a la Plaza de Oriente.
-Van a empezar a echarte de menos, así que casi vamos a dirigirnos a tu grupo.
Cuando entraron en la plaza de Oriente, Hugo comentó que las estatuas que había allí habían sido inicialmente concebidas para estar encima del palacio, donde ahora había una especie de jarrones, pero pensaron que iba a ser demasiado barroco, así que las repartieron por parques de Madrid. Y esa era además la razón de que tuvieran tan poco detalle comparadas con otras estatuas de Madrid.
Según iba terminando Hugo la frase, vieron el grupo de Alma sentado allí cerca en el césped. Hugo le dio un beso en la mejilla.
-Lo siento muchacha, -dijo Hugo mientras se apartaba- pero creo que como me vean contigo, tu profe me decapita. Cuídate.
Alma no tenía nada claro qué decir, así que se quedó quieta, sin terminar de comprender nada del día que había tenido. Había conocido Madrid con un desconocido y sabía que no debería haberlo hecho, pero le daba igual.
Todo estaba siendo muy extraño.
-¡Alma!¿Se puede saber dónde te has metido? -gritó la profesora desde lejos- ¡Ven aquí ahora mismo!
Alma se dirigió hacia el grupo y se sentó en el césped junto a la profesora mientras ella le echaba la típica bronca cargada de razón que en el fondo nos da igual a todos. Miró a los ojos a la profesora y sin darse muy bien cuenta de cómo se sintió en una posición un poco más horizontal que antes.
Creyó reconocer en la cara de la profesora los ojos azules de su madre mientras ella le movía con los brazos.
-Alma, hija, ¡Que vas a llegar tarde al tour por Madrid! -decía su madre mientras la zarandeaba- Venga, levanta, dormilona.
Alma estaba estupefacta, no terminaba de entender nada. ¿Y Hugo? ¿Y la profesora? ¿Qué narices había pasado? Miró a su madre.
-Que sí mamá, que ya estoy despierta.
La madre la soltó y le indicó que le esperaba el desayuno en la cocina.
-Venga hija, que vais a descubrir la ciudad.
-Buf, si ya conozco Madrid.
Wednesday, June 8, 2011
Pasión
Un hombre puede cambiar de nombre, de amigos, de mujer, de hijos, de vida, pero no puede cambiar su pasión. (El secreto de sus ojos)
Las sábanas como celda de todas las mañanas. Tan placentera, tan necesaria. Parece que todo esta mañana se estuviese confabulando para impedir que lo necesario, lo cotidiano entre en nuestra habitación deslizándose entre los pequeños agujeros que nunca comprendí de la persiana.
Un pequeño punto de luz aterriza sobre tu cara, sacándote esos destellos rubios que siempre has negado que existan. Es curioso, creo que es lo que hizo que me enamorase de ti. Trato de moverme sin despertarte, sin hacerme notar. Salir de la cama es una verdadera tortura, pero cuando estoy de pie, descubro que merece la pena solo por verte tumbada como si estuvieras en el paraíso. Y me parece verte desde el infierno. Tu estás justo en la zona iluminada, dejando que la luz tornee ligeramente tus caderas bajo las sábanas, tu pelo tapa sensualmente tus hombros mientras me das la espalda. No te imaginarías lo que duele vivir así. Me ducharé y saldré de casa antes de que te despiertes y desayunaré fuera. Nunca he terminado de aguantar tu mal humor de por las mañanas.
Lo de siempre, llegar a la oficina y dejar el maletín vacío, de adorno sobre la mesa, avisar a mi secretaria de que era hoy, martes que no acepto reuniones. Tengo veinte minutos para llegar al aeropuerto. Es una suerte que a estas horas la carretera esté despejada y que mi oficina no quede lejos de la terminal en que cojo el vuelo. Cualquiera que supiera esto diría que estoy loco.
Cuarenta y cinco minutos más tarde de entrar en el avión empieza la tortura. La más deliciosa de las torturas. Una vez a la semana es demasiado poco, vente a vivir a Madrid.
Y tu negativa, siempre la misma, siempre explicándome que tú también tienes una vida y un hombre allí. Porqué será que no queremos o no sabemos cómo fugarnos. Aún no he llegado a tu casa y ya estoy ansioso, casi desesperado por verte apoyada en el quicio de la puerta, como siempre, esperándome con la bata que te regalé, esa que tienes guardada debajo del colchón donde tu marido no miraría nunca. Y seguro que estarás preciosa, como cada vez que nos vemos.
Menos mal que el vuelo a Barcelona son sólo cuarenta y cinco minutos, no creo que aguantase mucho más tiempo aquí dentro si no fuera a verte. Y ahora cogerme el metro, que sólo lo hago porque prefieres no arriesgarte a que me cruce con tu marido taxista. Vaya un oficio. Yo por lo menos soy jefe de planta, vente conmigo, sabes que podría mantenerte.
Y esa sonrisa entre triste y lúgubre en tus labios, seguida de un beso y un susurro -No- al oído, mientras me tiras de la corbata hacia adentro, me obligas a subir las escaleras como si fuera tu perrito faldero y empiezas a temblar de los nervios o tal vez del ansia como yo.
Y como siempre, te quitarás la bata antes de llegar a tu habitación para enseñarme que hoy tampoco llevabas nada debajo y me vuelves a preguntar cuándo vendré yo en bata. Y yo pensando en dónde podría hacerlo. Pero la conversación en seguida quedará ahí ahogada, porque no hace falta más, porque sobra el mundo. Después, tumbados en la cama, me volveré a sorprender de lo mucho que me gusta el roce de tu piel, el sentir tus labios apoyados sobre mi cuello o sobre mi espalda cuando me intentas quitar las contracturas de la espalda.
¿Por qué no podemos estar juntos si nos amamos? Porque hay un mundo aparte de nosotros dos, dirás, como siempre. Y será verdad, pero no me importará, porque mi hijo lo entendería, mi mujer... debería saberlo, pero no podría dejarla, ni yo a mi marido, A tu marido porqué, para poder irme contigo, ¿Ahora si que quieres irte conmigo?, siempre quise, pero no podría, ya sabes porqué, te lo he contado mil veces.
La conversación de siempre, acabada como siempre, ahogada entre los gemidos del colchón y los nuestros.
Y ya estoy a punto de llegar a tu casa, más temprano incluso que de costumbre, mientras todos los niños empiezan a dirigirse al colegio. Miro tu portal, al fondo de la calle, pero aún es pronto y eres demasiado como para perderte así de fácil, así que me siento en el banco para escribirte esto, o cualquier otra cosa, y de paso fumarme ese cigarrito que sólo me fumo si voy a verte a ti, porque sé que no te importa, no como a mi mujer.
Y así dejo flotar los últimos cinco minutos que me quedan para subir esas escaleras casi corriendo e ir a verte, ir a descubrir de nuevo lo que siento por ti. Si lo pienso un poco esto es una locura, pero procuro no hacerlo.
Subiendo hacia tu casa descubro que hay algo que ha cambiado, pero no tengo muy claro qué, así que paso de largo y sigo subiendo. Al llegar a tu puerta, espero que estés como siempre en el quicio con la bata... pero no estás ahí. ¿Qué ha pasado? Espero, pacientemente, pero en menos de tres minutos necesito encenderme otro pitillo. Sólo fumo los martes, pero normalmente tres cigarros como mucho y no son ni las diez y ya van dos. Da igual, supongo, un día es un día. Tenía que haberme comprado esa petaca de plata, me apetece un trago. Bueno, seguro que en tu casa tienes un poco de ron. Tu marido tiene buen gusto para eso.
Al fin apareces, poquísimo después de que haya apagado el cigarro. Pero no estás con la bata, estás vestida con un vestido precioso, rojo y llevas dos pulseras doradas que no recuerdo haber visto. Y el collar que te regalé.
Es martes, no me he equivocado de día. Miro el reloj. Efectivamente es Martes 15 de febrero, te ríes de mi cara de estupefacción y me preguntas si quiero pasar. No soy capaz de negarme y claro, paso adentro. Debería acordarme de algo y no sé de qué, estoy dándole vueltas a mi cabeza a una velocidad de vértigo. Nunca paso nada por alto, no entiendo qué es lo que está pasando.
De repente, a tres pasos por el pasillo caigo en la cuenta. Era tan obvio, tan sencillo. Y se me ha olvidado traerte algo. Maldita memoria. Tu cumpleaños. Tu cuarenta y cinco cumpleaños. Jamás lo habría dicho mirándote, desde luego. Estás preciosa, pareces muchísimo más joven.
Suavemente, te paso la mano por la cintura y me acerco a tu oído para susurrarte "Felicidades", pero tú ya te lo olías, ya sabías que lo iba a hacer y te adelantas a mis labios y los juntas con los tuyos. Hacía cinco, no, seis años que no celebrábamos juntos tu cumpleaños.
Si de mí dependiese cada día sería tu cumpleaños, pero sin cumplir años nunca.
Me has preparado un desayuno increíble y yo sin regalo. Debes de haberme leído la mente, porque en seguida me dices: "No hace falta, ya estoy mayor para esas cosas" y me encanta tu acento, tu forma de moverte por la cocina mientras me ofreces que tome asiento. Desayunaré ligero, pero vamos a quemarlo entero, por esa cara que me acabas de poner.
Efectivamente, nada más me levanto de la mesa para recogerla, ya estás tú para decirme que eso lo haremos luego, que ya habrá tiempo, que ya lo harás tú, que no todos los días cumples cuarenta y cinco años.
Acabo de descubrir el porqué de tu sonrisa de antes, te has quitado el vestido en un solo movimiento y con una sola mano. Y no llevas nada debajo. Como siempre. Pero esta vez me gusta mucho más. Si pudiese besaría cada centímetro de tu piel.
Cuarenta y cinco años.
Jamás lo habría dicho, no me lo termino de creer.
Al parecer te han regalado un equipo de música para tu habitación y me dices que quieres hacer una locura, que quieres probar a hacerlo con música de esa que escucha tu hija y te has hecho incluso un cedé para ponerla. No sé que música escucha tu hija, sólo espero que no sea heavy metal de ese, no sé si sería capaz de hacer nada con eso puesto.
Al final es algo muy raro, pero me parece preciosa. No tanto como tú.
Me quitas la camisa lentamente, me dices que yo no haga nada, que me deje hacer, que hoy quieres mandar tú. Yo estoy a punto de no poder reprimir las ansias. Me tiraría encima tuya ahora mismo, pero ahí estás tú, disfrutando al ver mi cara de ansia y saber que tú tampoco te controlas.
Abrázame, y te abrazo, me terminas de quitar la ropa y me miras, te beso, caemos a la cama y nos besamos y te toco, te rozo, te susurro al oído que te quiero, beso tu cuello, tu empiezas a jadear y me buscas con las manos, yo te abrazo más fuerte mientras te muerdo cada vez más abajo. Me empujas, suelto el abrazo, te tiras encima mío, rodamos por la cama. Me besas de nuevo y esta vez empiezas a bajar tú.
Y acabamos como siempre, rozando el cielo durante una hora para volver a tocar el sucio suelo de asfalto hasta la semana que viene. Pero hoy no te quieres parar ahí. Ni yo tampoco.
Bajas de la cama y me propones ducharnos juntos. Nunca me dejas porque dices que así no nos duchamos. Y al final resulta que, por lo menos hoy tienes razón. Menos mal que tu ducha es grande.
Salimos y como siempre me das unas toallas que tendrás que lavar antes de que él vuelva.
Me debería traer mi propio albornoz o algo así.
Tengo que hacerte un regalo y esto no cuenta.
Voy a hacer una locura y por primera vez en casi diez años, te vuelvo a coger en brazos y te beso mientras te llevo a la cama. Es curioso, pero sólo quiero abrazarte, quedarme tumbado junto a ti y besarte hasta romperme los labios si es necesario.
Te susurro un te quiero otra vez y te abrazo, mientras encajas tu cabeza en el hueco de mis hombros.
Ya sé qué te voy a regalar. Hace años que no hago algo así y recuerdo que me encantaba.
Nos pasamos toda la mañana en la cama y a la hora de comer, invito yo a un restaurante que conozco. He llamado al dueño en un momento que he dicho que iba al baño y le he pedido la mejor mesa, que para algo es amigo mío.
Al llegar allí sabemos que nos tendremos que despedir en el propio local. Él no tardará en volver y tienes que recoger las cosas, así que la comida es breve.
Tengo tantas ganas de pasar contigo el resto del día... Pero sabré aguantar, espero.
Y comencé a escribir esto, porque sé que te encantaba cuando te dedicaba algo nuevo. Pero nunca había escrito "Feliz cumpleaños" ni un "te quiero" explícito.
Espero que al menos este papel te recuerde a mí esos seis días a la semana que yo no estoy.
Las sábanas como celda de todas las mañanas. Tan placentera, tan necesaria. Parece que todo esta mañana se estuviese confabulando para impedir que lo necesario, lo cotidiano entre en nuestra habitación deslizándose entre los pequeños agujeros que nunca comprendí de la persiana.
Un pequeño punto de luz aterriza sobre tu cara, sacándote esos destellos rubios que siempre has negado que existan. Es curioso, creo que es lo que hizo que me enamorase de ti. Trato de moverme sin despertarte, sin hacerme notar. Salir de la cama es una verdadera tortura, pero cuando estoy de pie, descubro que merece la pena solo por verte tumbada como si estuvieras en el paraíso. Y me parece verte desde el infierno. Tu estás justo en la zona iluminada, dejando que la luz tornee ligeramente tus caderas bajo las sábanas, tu pelo tapa sensualmente tus hombros mientras me das la espalda. No te imaginarías lo que duele vivir así. Me ducharé y saldré de casa antes de que te despiertes y desayunaré fuera. Nunca he terminado de aguantar tu mal humor de por las mañanas.
Lo de siempre, llegar a la oficina y dejar el maletín vacío, de adorno sobre la mesa, avisar a mi secretaria de que era hoy, martes que no acepto reuniones. Tengo veinte minutos para llegar al aeropuerto. Es una suerte que a estas horas la carretera esté despejada y que mi oficina no quede lejos de la terminal en que cojo el vuelo. Cualquiera que supiera esto diría que estoy loco.
Cuarenta y cinco minutos más tarde de entrar en el avión empieza la tortura. La más deliciosa de las torturas. Una vez a la semana es demasiado poco, vente a vivir a Madrid.
Y tu negativa, siempre la misma, siempre explicándome que tú también tienes una vida y un hombre allí. Porqué será que no queremos o no sabemos cómo fugarnos. Aún no he llegado a tu casa y ya estoy ansioso, casi desesperado por verte apoyada en el quicio de la puerta, como siempre, esperándome con la bata que te regalé, esa que tienes guardada debajo del colchón donde tu marido no miraría nunca. Y seguro que estarás preciosa, como cada vez que nos vemos.
Menos mal que el vuelo a Barcelona son sólo cuarenta y cinco minutos, no creo que aguantase mucho más tiempo aquí dentro si no fuera a verte. Y ahora cogerme el metro, que sólo lo hago porque prefieres no arriesgarte a que me cruce con tu marido taxista. Vaya un oficio. Yo por lo menos soy jefe de planta, vente conmigo, sabes que podría mantenerte.
Y esa sonrisa entre triste y lúgubre en tus labios, seguida de un beso y un susurro -No- al oído, mientras me tiras de la corbata hacia adentro, me obligas a subir las escaleras como si fuera tu perrito faldero y empiezas a temblar de los nervios o tal vez del ansia como yo.
Y como siempre, te quitarás la bata antes de llegar a tu habitación para enseñarme que hoy tampoco llevabas nada debajo y me vuelves a preguntar cuándo vendré yo en bata. Y yo pensando en dónde podría hacerlo. Pero la conversación en seguida quedará ahí ahogada, porque no hace falta más, porque sobra el mundo. Después, tumbados en la cama, me volveré a sorprender de lo mucho que me gusta el roce de tu piel, el sentir tus labios apoyados sobre mi cuello o sobre mi espalda cuando me intentas quitar las contracturas de la espalda.
¿Por qué no podemos estar juntos si nos amamos? Porque hay un mundo aparte de nosotros dos, dirás, como siempre. Y será verdad, pero no me importará, porque mi hijo lo entendería, mi mujer... debería saberlo, pero no podría dejarla, ni yo a mi marido, A tu marido porqué, para poder irme contigo, ¿Ahora si que quieres irte conmigo?, siempre quise, pero no podría, ya sabes porqué, te lo he contado mil veces.
La conversación de siempre, acabada como siempre, ahogada entre los gemidos del colchón y los nuestros.
Y ya estoy a punto de llegar a tu casa, más temprano incluso que de costumbre, mientras todos los niños empiezan a dirigirse al colegio. Miro tu portal, al fondo de la calle, pero aún es pronto y eres demasiado como para perderte así de fácil, así que me siento en el banco para escribirte esto, o cualquier otra cosa, y de paso fumarme ese cigarrito que sólo me fumo si voy a verte a ti, porque sé que no te importa, no como a mi mujer.
Y así dejo flotar los últimos cinco minutos que me quedan para subir esas escaleras casi corriendo e ir a verte, ir a descubrir de nuevo lo que siento por ti. Si lo pienso un poco esto es una locura, pero procuro no hacerlo.
Subiendo hacia tu casa descubro que hay algo que ha cambiado, pero no tengo muy claro qué, así que paso de largo y sigo subiendo. Al llegar a tu puerta, espero que estés como siempre en el quicio con la bata... pero no estás ahí. ¿Qué ha pasado? Espero, pacientemente, pero en menos de tres minutos necesito encenderme otro pitillo. Sólo fumo los martes, pero normalmente tres cigarros como mucho y no son ni las diez y ya van dos. Da igual, supongo, un día es un día. Tenía que haberme comprado esa petaca de plata, me apetece un trago. Bueno, seguro que en tu casa tienes un poco de ron. Tu marido tiene buen gusto para eso.
Al fin apareces, poquísimo después de que haya apagado el cigarro. Pero no estás con la bata, estás vestida con un vestido precioso, rojo y llevas dos pulseras doradas que no recuerdo haber visto. Y el collar que te regalé.
Es martes, no me he equivocado de día. Miro el reloj. Efectivamente es Martes 15 de febrero, te ríes de mi cara de estupefacción y me preguntas si quiero pasar. No soy capaz de negarme y claro, paso adentro. Debería acordarme de algo y no sé de qué, estoy dándole vueltas a mi cabeza a una velocidad de vértigo. Nunca paso nada por alto, no entiendo qué es lo que está pasando.
De repente, a tres pasos por el pasillo caigo en la cuenta. Era tan obvio, tan sencillo. Y se me ha olvidado traerte algo. Maldita memoria. Tu cumpleaños. Tu cuarenta y cinco cumpleaños. Jamás lo habría dicho mirándote, desde luego. Estás preciosa, pareces muchísimo más joven.
Suavemente, te paso la mano por la cintura y me acerco a tu oído para susurrarte "Felicidades", pero tú ya te lo olías, ya sabías que lo iba a hacer y te adelantas a mis labios y los juntas con los tuyos. Hacía cinco, no, seis años que no celebrábamos juntos tu cumpleaños.
Si de mí dependiese cada día sería tu cumpleaños, pero sin cumplir años nunca.
Me has preparado un desayuno increíble y yo sin regalo. Debes de haberme leído la mente, porque en seguida me dices: "No hace falta, ya estoy mayor para esas cosas" y me encanta tu acento, tu forma de moverte por la cocina mientras me ofreces que tome asiento. Desayunaré ligero, pero vamos a quemarlo entero, por esa cara que me acabas de poner.
Efectivamente, nada más me levanto de la mesa para recogerla, ya estás tú para decirme que eso lo haremos luego, que ya habrá tiempo, que ya lo harás tú, que no todos los días cumples cuarenta y cinco años.
Acabo de descubrir el porqué de tu sonrisa de antes, te has quitado el vestido en un solo movimiento y con una sola mano. Y no llevas nada debajo. Como siempre. Pero esta vez me gusta mucho más. Si pudiese besaría cada centímetro de tu piel.
Cuarenta y cinco años.
Jamás lo habría dicho, no me lo termino de creer.
Al parecer te han regalado un equipo de música para tu habitación y me dices que quieres hacer una locura, que quieres probar a hacerlo con música de esa que escucha tu hija y te has hecho incluso un cedé para ponerla. No sé que música escucha tu hija, sólo espero que no sea heavy metal de ese, no sé si sería capaz de hacer nada con eso puesto.
Al final es algo muy raro, pero me parece preciosa. No tanto como tú.
Me quitas la camisa lentamente, me dices que yo no haga nada, que me deje hacer, que hoy quieres mandar tú. Yo estoy a punto de no poder reprimir las ansias. Me tiraría encima tuya ahora mismo, pero ahí estás tú, disfrutando al ver mi cara de ansia y saber que tú tampoco te controlas.
Abrázame, y te abrazo, me terminas de quitar la ropa y me miras, te beso, caemos a la cama y nos besamos y te toco, te rozo, te susurro al oído que te quiero, beso tu cuello, tu empiezas a jadear y me buscas con las manos, yo te abrazo más fuerte mientras te muerdo cada vez más abajo. Me empujas, suelto el abrazo, te tiras encima mío, rodamos por la cama. Me besas de nuevo y esta vez empiezas a bajar tú.
Y acabamos como siempre, rozando el cielo durante una hora para volver a tocar el sucio suelo de asfalto hasta la semana que viene. Pero hoy no te quieres parar ahí. Ni yo tampoco.
Bajas de la cama y me propones ducharnos juntos. Nunca me dejas porque dices que así no nos duchamos. Y al final resulta que, por lo menos hoy tienes razón. Menos mal que tu ducha es grande.
Salimos y como siempre me das unas toallas que tendrás que lavar antes de que él vuelva.
Me debería traer mi propio albornoz o algo así.
Tengo que hacerte un regalo y esto no cuenta.
Voy a hacer una locura y por primera vez en casi diez años, te vuelvo a coger en brazos y te beso mientras te llevo a la cama. Es curioso, pero sólo quiero abrazarte, quedarme tumbado junto a ti y besarte hasta romperme los labios si es necesario.
Te susurro un te quiero otra vez y te abrazo, mientras encajas tu cabeza en el hueco de mis hombros.
Ya sé qué te voy a regalar. Hace años que no hago algo así y recuerdo que me encantaba.
Nos pasamos toda la mañana en la cama y a la hora de comer, invito yo a un restaurante que conozco. He llamado al dueño en un momento que he dicho que iba al baño y le he pedido la mejor mesa, que para algo es amigo mío.
Al llegar allí sabemos que nos tendremos que despedir en el propio local. Él no tardará en volver y tienes que recoger las cosas, así que la comida es breve.
Tengo tantas ganas de pasar contigo el resto del día... Pero sabré aguantar, espero.
Y comencé a escribir esto, porque sé que te encantaba cuando te dedicaba algo nuevo. Pero nunca había escrito "Feliz cumpleaños" ni un "te quiero" explícito.
Espero que al menos este papel te recuerde a mí esos seis días a la semana que yo no estoy.
Sunday, June 5, 2011
Autopsia
-Es definitivo, está muerto. ¿Qué quiere que hagamos con el cadáver?
-Aún no sabemos porqué murió.
-Es posible que no lo sepamos.
-Pero existe una posibilidad de saberlo y voy a aprovecharla. Sacad todas las herramientas.
Esperó unos segundos a que todos sus lacayos se pusieran en marcha y comenzasen a alinear escrupulosamente todos los utensilios sobre el escritorio de madera junto al que se hallaba el sujeto.
-¡Tú! -dijo señalando a uno de sus subordinados- ¡Tráeme algo para apoyarme!
Cuando todo estuvo dispuesto, se arremolinaron alrededor de los restos mortales, con el respeto reverencial que se merecía el hecho. El que parecía el jefe -tal vez por las órdenes que daba, o quizá por su traje negro- levantó su mano derecha hasta la altura del hombro.
El corazón al descubierto se hallaba justo debajo de su mano, latiendo, pero muerto. El silencio inundó la sala.
Pumpum. Era todo el sonido.
El hombre vestido de negro dibujó sobre su palma con un bolígrafo la palabra "amor". Debajo escribió "dolor". Movió el puño ,como limpiándose la mano, dejando que el significado de las palabras tocase aquél corazón marchito.
Un pequeño hilo de color dorado cayó hacia él, entrelazándose con uno rojo. Al llegar al corazón, el ritmo de los latidos cambió ligeramente, se aceleró y en seguida volvió a su frecuencia habitual. Las palabras se dibujaron sobre el miocardio y al instante éste empezó a supurar la tinta.
La tinta no parecía querer dejar de salir de aquella apertura en el pecho y no tardó mucho en ocupar todo el espacio que había y a desbordarse por el agujero.
Todos los presentes lo miraban estupefactos. Menos el hombre de negro.
Él sabía bien lo que era, ya lo había vivido.
Los movimientos del corazón hicieron que por un segundo el sonido de la expulsión de la tinta pareciese un llanto ahogado, muerto entre latidos impertérritos.
-Compañeros, -dijo el hombre de negro- no hay solución. Ha muerto por leer demasiado, ha perdido la fe en el mundo real, donde las leyes de lo posible no son quebrantables.
-Pobre diablo.-se escuchó de fondo- Aún no sabe que las leyes se hicieron para romperse.
-Aún no sabemos porqué murió.
-Es posible que no lo sepamos.
-Pero existe una posibilidad de saberlo y voy a aprovecharla. Sacad todas las herramientas.
Esperó unos segundos a que todos sus lacayos se pusieran en marcha y comenzasen a alinear escrupulosamente todos los utensilios sobre el escritorio de madera junto al que se hallaba el sujeto.
-¡Tú! -dijo señalando a uno de sus subordinados- ¡Tráeme algo para apoyarme!
Cuando todo estuvo dispuesto, se arremolinaron alrededor de los restos mortales, con el respeto reverencial que se merecía el hecho. El que parecía el jefe -tal vez por las órdenes que daba, o quizá por su traje negro- levantó su mano derecha hasta la altura del hombro.
El corazón al descubierto se hallaba justo debajo de su mano, latiendo, pero muerto. El silencio inundó la sala.
Pumpum. Era todo el sonido.
El hombre vestido de negro dibujó sobre su palma con un bolígrafo la palabra "amor". Debajo escribió "dolor". Movió el puño ,como limpiándose la mano, dejando que el significado de las palabras tocase aquél corazón marchito.
Un pequeño hilo de color dorado cayó hacia él, entrelazándose con uno rojo. Al llegar al corazón, el ritmo de los latidos cambió ligeramente, se aceleró y en seguida volvió a su frecuencia habitual. Las palabras se dibujaron sobre el miocardio y al instante éste empezó a supurar la tinta.
La tinta no parecía querer dejar de salir de aquella apertura en el pecho y no tardó mucho en ocupar todo el espacio que había y a desbordarse por el agujero.
Todos los presentes lo miraban estupefactos. Menos el hombre de negro.
Él sabía bien lo que era, ya lo había vivido.
Los movimientos del corazón hicieron que por un segundo el sonido de la expulsión de la tinta pareciese un llanto ahogado, muerto entre latidos impertérritos.
-Compañeros, -dijo el hombre de negro- no hay solución. Ha muerto por leer demasiado, ha perdido la fe en el mundo real, donde las leyes de lo posible no son quebrantables.
-Pobre diablo.-se escuchó de fondo- Aún no sabe que las leyes se hicieron para romperse.
Las cosas que me recuerdan a ti.
Las mañanas con el sol radiante,
los gritos a lo lejos que andan como perdidos,
los besos que se rompen con el susurro del viento
algunas caricias que nunca dijeron quién las recibía...
Esas tardes de soles perezosos que se mueven sin saber adonde
ese polvo que queda sobre mi escritorio tratando de ocultar tus recuerdos
esa carta que prometí terminar y aún hoy me empaña la vista
todas esas proposiciones en broma que querían ser serias...
Mis noches de ausencias, sobre todo si lo ausente es el sueño
Tus susurros inexistentes sobre mis oídos sordos
Nuestros imposibles que parecían al alcance de la mano
Probablemente, ninguno de tus recuerdos.
Ya no sé qué me recuerda a tí, pero no puedo evitar recordarte casi cada día. Hace... más de un año. Un año cargado de experiencias, de historias vividas, de subidas y bajadas, tanto de ánimo como de ropa.
Y al final lo último que se come es el postre y lo único que me queda de ti son todos esos momentos dulces que pasamos juntos.
Si supiera cómo decirlo, lo escribiría más claro, pero no estoy seguro de que sea posible.
Espero que valga con esas dos palabras capaces de envenenar el agua más pura a la vez que reavivar los campos moribundos de los sentimientos:
Te quiero.
Y te echo de menos, que ya sé que lo sabes. Pero no quiero arriesgarme a dejar que lo olvides.
los gritos a lo lejos que andan como perdidos,
los besos que se rompen con el susurro del viento
algunas caricias que nunca dijeron quién las recibía...
Esas tardes de soles perezosos que se mueven sin saber adonde
ese polvo que queda sobre mi escritorio tratando de ocultar tus recuerdos
esa carta que prometí terminar y aún hoy me empaña la vista
todas esas proposiciones en broma que querían ser serias...
Mis noches de ausencias, sobre todo si lo ausente es el sueño
Tus susurros inexistentes sobre mis oídos sordos
Nuestros imposibles que parecían al alcance de la mano
Probablemente, ninguno de tus recuerdos.
Ya no sé qué me recuerda a tí, pero no puedo evitar recordarte casi cada día. Hace... más de un año. Un año cargado de experiencias, de historias vividas, de subidas y bajadas, tanto de ánimo como de ropa.
Y al final lo último que se come es el postre y lo único que me queda de ti son todos esos momentos dulces que pasamos juntos.
Si supiera cómo decirlo, lo escribiría más claro, pero no estoy seguro de que sea posible.
Espero que valga con esas dos palabras capaces de envenenar el agua más pura a la vez que reavivar los campos moribundos de los sentimientos:
Te quiero.
Y te echo de menos, que ya sé que lo sabes. Pero no quiero arriesgarme a dejar que lo olvides.
Saturday, June 4, 2011
Fiel compañera
Me gustaría poder decir eso de que recuerdo cada caricia sobre cada una de ellas. O tal vez, por lo menos, cuando menos, que las recuerdo a todas, pero lo cierto es que la única que sigue permaneciendo junto a mí, y sólo de vez en cuando, es la primera.
Hay mañanas que me despierto deseando que estuviera ahí, junto a mí y compartir caricias, el susurro de los roces acompañando a un discurso mudo. Y noches que desearía poder acostarme sabiendo que alguna, la que me ocupe en ese momento, está junto a mí, que me acompaña en mis últimos segundos de ser un ser humano despierto.
Y alguna hay que me acompañe después como ser onírico.
Ha habido más de una que me ha dado más alegrías que desilusiones, las hay que han hecho que se me saltasen las lágrimas, que me han impedido abandonarlas sin saberlo.
He compartido tantos juegos con todas ellas...
Pero de todas ellas guardo cuando menos un recuerdo, tal vez un par de pequeños pedacitos guardados en sobres blancos, en algunos casos incluso, al fondo del cajón guardo alguna foto con ella.
Ha habido muchas y no me cabe duda de que habrá más, porque soy así y soy incapaz de vivir sin ellas y me gusta pensar que a ellas les pasa lo mismo.
Seguramente una de las cosas que más me gustan es su feminidad. O tal vez la delicadeza con que pueden verse a veces y lo maltratadas que se ven la mayoría.
Creo que guardo un poco de amor hacia cada una de ellas, y agradezco a aquel anónimo personaje que allá por el siglo XVII las inventó.
Ojalá pudiesen leer las barajas y dejar de sentirse un medio para jugar y punto.
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