Llegué a la casa y no pude evitar reparar en que allí, donde normalmente colgaba mi lámpara del salón, aquella que compré en un viaje a Venecia en la isla de Murano, había un bulto que no iluminaba. Es más, parecía absorber la luz y hacer que todo lo que la rodeaba fuese negro como el carbón y oscuro como una mina subterránea que nunca acabase. Ese bulto tenía la forma de un cuerpo que colgaba de una cuerda de escalar, idéntica a la que yo guardaba en mi habitación, aunque fuese para amarrar a alguien a la cama y no al techo. La impresión me impidió reaccionar al principio, pues no podía figurarme qué hacía allí aquello ni cómo podía haber llegado.
Cuando por fin pude caminar hacia la figura inerte, todo mi cuerpo se quedó paralizado, la figura estaba girando y pude distinguir que llevaba mi traje favorito, mi corbata roja, mis zapatos heredados y lo peor de todo... mi cara.
Yo estaba ahí mirándome desde un metro por encima con la mirada perdida que le corresponde a alguien que ya está muerto, con la cara amoratada de no tener aire, lágrimas congeladas sobre las mejillas y un papel agarrado en la mano derecha, que lo agarraba como si fuera el culpable de la situación de mi cuerpo.
Tras la impresión, cuando recuperé la movilidad, lo primero en que pensé fue en el sobre que tenía en la mano. Me encantaba escribirme cartas a mí mismo para no olvidarme nunca de quién quería ser o quién pretendía ser, para no olvidarme de mí mismo en mi eterna búsqueda de acordarme de alguien.
Me senté en el sofá, aún con ese personaje en medio del salón y me puse a leer mi carta, su carta, la carta de quién fuese, en la que reconocí mi caligrafía, fea y desordenada:
Que sea el día que sea, quiero huir, desaparecer, no estar aquí, por demasiado buenos que seáis tantas y tantas veces, por más veces que me demuestren que son mejores de lo que merezco, que soy demasiado poco para lo que una y otra vez me dije que sería, que soy una de esas personas que quiere todo, que quiere ser algo que sabe que no va a llegar a ser, aunque todos parezcáis convencidos de que sí que llegaré a hacer algo de lo que sentirme orgulloso a pesar de que nunca he demostrado nada que diga que eso ocurrirá.
Todos sabemos lo propensa que es la gente como yo a acabar así, porque queremos demasiado, no tenemos nada, no aspiramos más que ser los mejores sin hacer nada por ellos porque no sabemos cómo...
Si aguanté tanto tiempo era porque había gente al lado que no se merecía tener que dejar de verme, tener que dejar de soportarme tan a gusto como parece que lo hacían, porque creo que merecíais que yo hiciese ese eterno y titánico esfuerzo por seguir con vosotros un día más, cada día.
No sé, ni creo que supiese nunca qué quería hacer, aparte de dejar de depender de vuestras risas, vuestros aplausos, vuestras sonrisas, vuestros cumplidos que nunca me creí. Dejar de depender de ellos, porque alimentarme de la felicidad de los demás es morir de hambre casi cada día un poco más.
Tal vez el problema no fuese ése, y fuese no saber nunca qué quería, a quién amar, de quien enamorarme, quién me amaba y quién no, fuese echarla de menos tantas veces y de más tantas otras, necesitar abrazarla y besarla o necesitarla lejos para no pensar.
Me sigo preguntando si esta carta es necesaria, si es necesario que sea tan ostentoso y tan horriblemente expuesto el hecho de que no lo aguantaba más, con todo y con todos apoyándome.
Siento como si mi cuerpo flotase, tratando de separarse de mí, suponiendo que no fuésemos lo mismo desde siempre. Lo cierto es que se le coge cariño, son muchos años juntos al fin y al cabo, pero a veces lo he detestado, como cuando quería volar y su peso me lo impedía, o cuando quise subir tantas cimas que se resistían al tamaño insignificante de mis brazos y mis piernas.
Odio caer en tópicos, y tú eres el que mejor lo sabes, pero si estás leyendo esto, es porque me has encontrado muerto en el salón o algún policía forense ha olvidado recogerlo de la escena del crimen, si es que acaso lo fue.
Nadie creerá que estoy muerto, mientras tú, querido cuerpo sigues paseándote por ahí, por fin despojada de mí, de lo que te falta de esencia humana. Si hoy sobreviviste en el trabajo nadie se habrá dado cuenta de que te falto y podrás sobrevivir un poco más, si es que quieres aún.
Ha sido mucho trabajo encontrar la forma de hacer que te puedas quedar, pero no seré yo el que te quite el derecho a irte, porque no creo tener ningún derecho de decirte algo así.
No sé si nos volveremos a ver, nadie habla de los cuerpos que se quedan, aunque todos dicen que el alma es inmortal y se va al cielo o al infierno.
Espero que sea mentira, sobre todo lo de ser inmortal, ya no quiero ir a ningún sitio, estoy cansado de viajar.
No te pido que me entiendas, pero sí que lo soportes, porque posiblemente no te queda otra.
Cuídate, si es que sabes cómo.
A cada línea que leía una lágrima resbalaba por mi mejilla, como sabía que habría ocurrido con mi alma al escribirla.
No sabía qué hacer, ni cómo se entierra un alma, qué hay que hacer para que esté donde merece, en un descanso de paz...
Y me puse a llorar por haber sido un impedimento, me puse a llorar por cada momento que no aprecié tener un alma y me di cuenta de que sin pensar, había cogido un bolígrafo y estaba comenzando a rasgar el papel con él.
Cuando quise leer los trazos, me di cuenta de que éstos me decían:
Aunque no tengas alma, tus lágrimas dicen que sigues teniendo corazón.
Y una sonrisa, rodeada de lágrimas, me inundó la cara según sentía a mi pecho arder y veía cómo el cuerpo que colgaba del salón se hacía cenizas, cayendo suavemente por la habitación, llenándolo todo de fino polvo negro, que yo respiraba sin querer, sin darme cuenta, sin toser.
Me recosté hacia atrás en el sillón y miré hacia el techo que no podía ver por la ceniza del ambiente.
Con un último suspiro, ahora mismo, en la misma postura, me dejo caer, mientras las palabras se deslizan suavemente a través de mí para decir una última:
Adiós
Ah, y sí, feliz San Valentín.
La prosa esta hecha para aquellos que no somos capaces de disfrutar de los poemas que escribimos.
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Tuesday, February 14, 2012
Nota de suicidio
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Sunday, February 5, 2012
Pero sólo por ser tú.
Mientras miro tus ojos azules, me imagino en lo profundo que debe de ser caer en el cielo que se deja de adivinar en ellos cuando los cierras para dejar de mirarme.
Sueles hacerlo cuando te digo que te quiero, o cuando te miro fijamente, como queriendo decirte tantas y tantas cosas que prefieres adivinar, aunque te guste oírlas salir de mis labios, que miras cuando hablo como si revelasen la verdad más absoluta que haya por ver.
Cuando te desvisto con la mirada, giras la cabeza, dejando que tus rizos tapen tu cara, mientras la pálida piel de tus hombros sale a la luz durante un par de segundos, dejando que una mirada mía los acaricie como si fuese el último momento en que vaya a poder hacerlo.
Si te agarro la mano, me devuelves un apretón de complicidad, presionando mis dedos un por uno, con tus finísimos dedos de pianista en ciernes sin conocimiento alguno sobre música, aparte de tu capacidad de cantarme una nana mientras mantienes mi mirada, con el verde de tus ojos estrellándose contra mi imaginación de libertad en ellos.
Dejando resbalar mis manos por tu espalda, tratando de cartografiar cada milímetro de tu piel morena, cada músculo que tensarás cuando acabemos tumbados otra vez sobre un colchón, cada vez uno diferente, como cada gemido que harás que me estremezca.
Cada vez que quiero besar tu cuello, delgado y alto, como el de un cisne que quisiera tocar el cielo, me encuentro perdido entre la inmensidad de la fuerza de tu respiración, terriblemente cerca de mi oído, demasiado fuerte como para decir que no estás comenzando a tensarte.
Según me empujas hacia la cama, siento cómo caigo y me dejo caer, mareado por tener cada gramo de mi carne pendiente de tu cuerpo al que le sobra toda esa ropa que tan bien te disimulaba el cuerpo, que acabas de empezar a dejar descubrir, aunque no te guste que te lo mire si salimos de la cama.
Noto tu pelo liso cayendo sobre mi cara mientras me muerdes el cuello, me besas y me dejo elevar un poco más cerca del infinito mientras me olvido de que existimos en este mundo y no en otro diferente.
Según me empiezas a robar la ropa para tirarla al suelo noto como me tiemblan las piernas casi tanto como a ti los brazos, que empiezas a no poder controlar conscientemente.
Me arañas la espalda, con tus uñas casi tan largas como la duración de un orgasmo que parece no querer acabar mientras mi peso siga cayendo sobre el tuyo o al revés.
Cierras tus ojos, oscuros como pozos que llevan al infinito, cerrando las puertas del paraíso a todos los mortales que no pudieron mirar a tiempo en la profundidad de una mirada tuya, que me hace viajar hasta la otra punta del mundo con cada respiración agitada que me haces al oído.
Todos los lunares sobre tu piel parecen estar reclamando que los bese cuando sueltas un gemido que no sabes acabar, o que no te dejo callar.
Rompiendo la monotonía, siento como tu cuello, casi tan grueso como el mío se tensa hacia mí, mordiéndome la oreja y tirando hacia ti, reclamando que te bese, que muerda tus labios, delgados como una línea que define lo que es amistad y lo que es amor.
Agarras las sábanas, la cama, mi espalda, lo que sea que te permita no huir de este mundo y te mantenga en él mientras viajas y desapareces de todo lo que nos rodea, sincronizando un segundo de perfección en nuestras vidas.
Las ondulaciones de tu pelo están enredadas, descolocadas de golpearse contra la almohada y el colchón, de no saber cómo ordenarse para no parecer tan caóticos.
Y me miras con tus ojos de color miel, como diciéndome que querrías pasar así una tarde y otra conmigo, o tumbados sobre el sillón rojo de mi sótano, mientras te acaricio la espalda y te beso el cuello.
Y mientras lo hago, me sorprendo de el perfecto color de tu espalda, demasiado claro para llamarse moreno y demasiado oscuro para ser pálido, que no puedo dejar de querer acariciar como si fuese a escapar.
Me acaricias el pecho, mientras me miras y me besas con tus labios carnosos, como si pudiesen comerse el mundo o mis ganas de seguir en él.
No puedo resistir estar en perfecta sintonía contigo, en sentir que he tenido demasiada suerte en acertar al tratar de seducirte como para que de verdad hayas caído en las redes de mi estupidez.
Y tu larguísimo pelo me confunde, me dice que no eres tú, que no soy yo, que esto es todo mentira, porque no puede ser tan bueno y ser real, al menos no tanto tiempo.
Me acaricias con los dedos el cuello, mientras noto que tienes la piel gastada en las yemas de haberte mordido las uñas demasiado, de haberte puesto nerviosa tantas veces.
Y me sorprendo al abrir los ojos y descubrir que no te pareces en nada a ti.
Que respiras calma hasta que te muerden el cuello y que no te puedo tocar la pierna sin ver en tus ojos un atisbo de nerviosismo.
Te miro y recuerdo que ibas vestida enseñando casi demasiado, pero lo justo para que quisiese quitarte todo a mordiscos, o intentarlo, aunque mi éxito sea previsiblemente bajo.
Si no sé qué quiero, me lo aclaras con un simple "fóllame" eliminando toda posible duda al respecto.
Y me descubro pensando que es justo lo que quiero.
Pero sólo por ser tú.
Sueles hacerlo cuando te digo que te quiero, o cuando te miro fijamente, como queriendo decirte tantas y tantas cosas que prefieres adivinar, aunque te guste oírlas salir de mis labios, que miras cuando hablo como si revelasen la verdad más absoluta que haya por ver.
Cuando te desvisto con la mirada, giras la cabeza, dejando que tus rizos tapen tu cara, mientras la pálida piel de tus hombros sale a la luz durante un par de segundos, dejando que una mirada mía los acaricie como si fuese el último momento en que vaya a poder hacerlo.
Si te agarro la mano, me devuelves un apretón de complicidad, presionando mis dedos un por uno, con tus finísimos dedos de pianista en ciernes sin conocimiento alguno sobre música, aparte de tu capacidad de cantarme una nana mientras mantienes mi mirada, con el verde de tus ojos estrellándose contra mi imaginación de libertad en ellos.
Dejando resbalar mis manos por tu espalda, tratando de cartografiar cada milímetro de tu piel morena, cada músculo que tensarás cuando acabemos tumbados otra vez sobre un colchón, cada vez uno diferente, como cada gemido que harás que me estremezca.
Cada vez que quiero besar tu cuello, delgado y alto, como el de un cisne que quisiera tocar el cielo, me encuentro perdido entre la inmensidad de la fuerza de tu respiración, terriblemente cerca de mi oído, demasiado fuerte como para decir que no estás comenzando a tensarte.
Según me empujas hacia la cama, siento cómo caigo y me dejo caer, mareado por tener cada gramo de mi carne pendiente de tu cuerpo al que le sobra toda esa ropa que tan bien te disimulaba el cuerpo, que acabas de empezar a dejar descubrir, aunque no te guste que te lo mire si salimos de la cama.
Noto tu pelo liso cayendo sobre mi cara mientras me muerdes el cuello, me besas y me dejo elevar un poco más cerca del infinito mientras me olvido de que existimos en este mundo y no en otro diferente.
Según me empiezas a robar la ropa para tirarla al suelo noto como me tiemblan las piernas casi tanto como a ti los brazos, que empiezas a no poder controlar conscientemente.
Me arañas la espalda, con tus uñas casi tan largas como la duración de un orgasmo que parece no querer acabar mientras mi peso siga cayendo sobre el tuyo o al revés.
Cierras tus ojos, oscuros como pozos que llevan al infinito, cerrando las puertas del paraíso a todos los mortales que no pudieron mirar a tiempo en la profundidad de una mirada tuya, que me hace viajar hasta la otra punta del mundo con cada respiración agitada que me haces al oído.
Todos los lunares sobre tu piel parecen estar reclamando que los bese cuando sueltas un gemido que no sabes acabar, o que no te dejo callar.
Rompiendo la monotonía, siento como tu cuello, casi tan grueso como el mío se tensa hacia mí, mordiéndome la oreja y tirando hacia ti, reclamando que te bese, que muerda tus labios, delgados como una línea que define lo que es amistad y lo que es amor.
Agarras las sábanas, la cama, mi espalda, lo que sea que te permita no huir de este mundo y te mantenga en él mientras viajas y desapareces de todo lo que nos rodea, sincronizando un segundo de perfección en nuestras vidas.
Las ondulaciones de tu pelo están enredadas, descolocadas de golpearse contra la almohada y el colchón, de no saber cómo ordenarse para no parecer tan caóticos.
Y me miras con tus ojos de color miel, como diciéndome que querrías pasar así una tarde y otra conmigo, o tumbados sobre el sillón rojo de mi sótano, mientras te acaricio la espalda y te beso el cuello.
Y mientras lo hago, me sorprendo de el perfecto color de tu espalda, demasiado claro para llamarse moreno y demasiado oscuro para ser pálido, que no puedo dejar de querer acariciar como si fuese a escapar.
Me acaricias el pecho, mientras me miras y me besas con tus labios carnosos, como si pudiesen comerse el mundo o mis ganas de seguir en él.
No puedo resistir estar en perfecta sintonía contigo, en sentir que he tenido demasiada suerte en acertar al tratar de seducirte como para que de verdad hayas caído en las redes de mi estupidez.
Y tu larguísimo pelo me confunde, me dice que no eres tú, que no soy yo, que esto es todo mentira, porque no puede ser tan bueno y ser real, al menos no tanto tiempo.
Me acaricias con los dedos el cuello, mientras noto que tienes la piel gastada en las yemas de haberte mordido las uñas demasiado, de haberte puesto nerviosa tantas veces.
Y me sorprendo al abrir los ojos y descubrir que no te pareces en nada a ti.
Que respiras calma hasta que te muerden el cuello y que no te puedo tocar la pierna sin ver en tus ojos un atisbo de nerviosismo.
Te miro y recuerdo que ibas vestida enseñando casi demasiado, pero lo justo para que quisiese quitarte todo a mordiscos, o intentarlo, aunque mi éxito sea previsiblemente bajo.
Si no sé qué quiero, me lo aclaras con un simple "fóllame" eliminando toda posible duda al respecto.
Y me descubro pensando que es justo lo que quiero.
Pero sólo por ser tú.
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te echaré de menos,
te echo de menos,
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Saturday, August 6, 2011
Voy a gritar todo eso que debía susurrarte
Porque me acabo de dar cuenta de que no sé porqué escribo, ni a quién o quienes, pero me alegro de saber que aquellas personas a las que sí que sé que escribo les gusta.
Acabaré dando por sentado que estoy loco, aunque tal vez fuese más correcto decir enloquecido. Pero a efectos finales y al interés que nos atañe, o que me atañe a mí es igual, mientras me sigo peleando con mi teclado sin dejar claro nunca cuál es el vencedor a pesar de que sólo uno de los dos acabe llorando casi indefectiblemente, viene a ser igual.
A veces me parece algo posible e incluso probable que pudiese vivir sin personas, sin contacto humano. Menudo desperdicio, un mundo que no quiere saber de mí, ¿Y para qué iba yo a querer saber de él? Y ahí estáis, o estás, o están, o estamos o la conjugación que prefieras o prefiera yo del verbo estar, haciendo que me sea imposible llevar a cabo semejante hazaña de locura, que sin embargo sería una demostración de cordura decir que todo ello, o todos ellos, son lo que me hace perder el tiempo, que es la forma más fácil de exculparme de todos esos errores que me recrimino constantemente y que cuento cuando no puedo dormir, igual que Xhelazz. Y entretanto habrá un guión que trate de determinar mi vida, con aquello a lo que llaman destino, que tal vez es eso que nos separa, y no tu comprensible y compartido miedo a la distancia, como es lógico teniendo amigos al otro lado del globo a los que temes no ver en años y años.
Y en veinticuatro horas te echaré tanto de menos que tendré que tirarme otra vez sobre un folio o sobre un teclado tras ver cientos de tus fotos y envidiar tu viaje, tu vida despreocupada llena de cosas por las que preocuparse, llena de gente que te importa muchísimo y gente que no te importa casi nada. Una vida increíble para una persona increíble a la que el mundo se le quedará pequeño antes de que se quiera dar cuenta, tal vez incluso antes de que perciba lo increíble que es como persona.
Nada es fácil, y no suele haber atajos para todas estas cosas. Supongo que decirte que te quiero no cambiará nada, así que me quedaré con esa sensación que recuerdo de estar como flotando cuando estoy a tu lado y te doy la mano. O cuando pienso en ti al escribir algo que sé que no vas a leer.
Menudo caos de texto.
Supongo que la ocasión lo merece de vez en cuando. Sienta muy bien pensar que alguien te escucha aunque sea mentira.
Me lo voy a recriminar una última vez... Fiftin, eres un imbécil.
Acabaré dando por sentado que estoy loco, aunque tal vez fuese más correcto decir enloquecido. Pero a efectos finales y al interés que nos atañe, o que me atañe a mí es igual, mientras me sigo peleando con mi teclado sin dejar claro nunca cuál es el vencedor a pesar de que sólo uno de los dos acabe llorando casi indefectiblemente, viene a ser igual.
A veces me parece algo posible e incluso probable que pudiese vivir sin personas, sin contacto humano. Menudo desperdicio, un mundo que no quiere saber de mí, ¿Y para qué iba yo a querer saber de él? Y ahí estáis, o estás, o están, o estamos o la conjugación que prefieras o prefiera yo del verbo estar, haciendo que me sea imposible llevar a cabo semejante hazaña de locura, que sin embargo sería una demostración de cordura decir que todo ello, o todos ellos, son lo que me hace perder el tiempo, que es la forma más fácil de exculparme de todos esos errores que me recrimino constantemente y que cuento cuando no puedo dormir, igual que Xhelazz. Y entretanto habrá un guión que trate de determinar mi vida, con aquello a lo que llaman destino, que tal vez es eso que nos separa, y no tu comprensible y compartido miedo a la distancia, como es lógico teniendo amigos al otro lado del globo a los que temes no ver en años y años.
Y en veinticuatro horas te echaré tanto de menos que tendré que tirarme otra vez sobre un folio o sobre un teclado tras ver cientos de tus fotos y envidiar tu viaje, tu vida despreocupada llena de cosas por las que preocuparse, llena de gente que te importa muchísimo y gente que no te importa casi nada. Una vida increíble para una persona increíble a la que el mundo se le quedará pequeño antes de que se quiera dar cuenta, tal vez incluso antes de que perciba lo increíble que es como persona.
Nada es fácil, y no suele haber atajos para todas estas cosas. Supongo que decirte que te quiero no cambiará nada, así que me quedaré con esa sensación que recuerdo de estar como flotando cuando estoy a tu lado y te doy la mano. O cuando pienso en ti al escribir algo que sé que no vas a leer.
Menudo caos de texto.
Supongo que la ocasión lo merece de vez en cuando. Sienta muy bien pensar que alguien te escucha aunque sea mentira.
Me lo voy a recriminar una última vez... Fiftin, eres un imbécil.
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