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Sunday, April 8, 2012

Y aquí no ha pasado nada

Las ventanas se abrieron de par en par, las puertas se salieron de sus goznes, las paredes parecieron temblar mientras se volvían transparentes, el mundo que se había creado desaparecía.
Sus ojos paseaban por la estancia mientras un ejército de palabras calladas demasiado tiempo se preparaba, tomaba posiciones y apuntaba sus lanzas a su corazón. Ella no sabía como responder, no sabía qué hacer y parecía haber olvidado incluso cómo respirar.
Las palabras comenzaron a desfilar por cada recoveco libre que lo permitía en las escasas y derruidas defensas que ella se había creado alrededor. Una boca, en una mueca de dolor, aún no sabía cómo decir la única palabra que faltaba en toda la estancia, inundada por sus gritos silenciosos.
Ella ya no se molestaba siquiera en mirar alrededor. Había comenzado a leer y escuchar detenidamente la forma en que las palabras se habían enhebrado entre ellas, cómo habían creado tantas historias imposibles y ya sabía que ese ataque no era algo que se pudiera evitar, que llegaría tarde o temprano.
No supo qué decir, sin recordar que las palabras sólo se pueden atacar con palabras.
Ella comenzó a sentir los primeros pinchazos de las lanzas de las palabras, atravesando sus sentimientos...

Y a esta historia le falta un final, que te pido que le pongas tú. El que más te guste, el que quieras, el que creas que es el mejor. No diré una palabra en contra de lo que decidas.
Diré una última vez que te quiero.

Y aquí no ha pasado nada.

Thursday, February 9, 2012

Cosas que sólo pasan en las películas

Aparecieron unas letras flotando en el aire mientras la música se disolvía lentamente en el ambiente.
No soplaba viento y el clima parecía casi artificial de lo perfecto que resultaba a la vista y sobre la piel.
No sabía cómo había llegado allí, pero sabía que tenía una historia de su pasado, algo que hacer en el futuro y unas pautas claras de lo que iba a hacer, aunque fuese a parecer inesperado.
Y de repente, se dio cuenta de que estaba con ella.
Y una explosión, que retumbó todo, destruyendo cuanto existía en derredor y deshaciendo las ideas de futuro y esperanza que él aún conservaba.
Como si fuese un trámite necesario, la imagen se desdobló sobre sí misma y se deformó hasta formarse otra en blanco y negro, sobre una cama, donde él y ella se miraban a la cara con los ojos entrecerrados y con los susurros, gemidos y jadeos de eco aún demasiado presentes sobre los oídos, mientras ella cerraba los ojos y echaba el cuello hacia atrás mientras su garganta formaba un grito mudo que comenzaba a gestarse en sus pulmones.
Él no pudo mantener sus ojos abiertos mientras mordía el cuello de ella y ella se tensaba, girándose hacia él y mordiéndole el hombro a su vez, mientras un último golpe formaba los gemidos sobre la garganta de ella y un último esfuerzo de fuerza de la mandíbula de él, coordinados como las migraciones de los pájaros que surcan el cielo en otoño.
Como si fuese natural, unos sonidos de guitarra de fondo acompañaron el cúmulo de placer en que ambos se habían convertido.
Acababa de comenzar la película y la escena, pero todo volvió a la explosión, donde todo acababa y comenzaron a caer letras que decían nombres, cargos, ayudas, agradecimientos, trabajos...
Y todo acabó de repente, como si hubiese sido demasiado perfecto como para que nadie se diese cuenta de que eso son cosas que sólo pasan en las películas.

Una guitarra para protegerse del frío

Mientras sus dedos se congelaban, recordaba cómo fue acariciar su cuello, sujetar su cuerpo y tocarla, como si fuese el último día, como si fuese el primero, como si ella no notase su habilidad con las manos.
Y rememoró cada momento en que sus dedos consiguieron sacar las mejores melodías de amor que puedan escucharse de lo más profundo de su amante.
Su amante, que nunca le miró si no era para ser tocada, que nunca le exigió nada aparte de cariño y amor, aunque estuviese con otras, que siempre estuvo donde él la había dejado.
Al borde de la congelación del corazón se dio cuenta de que no hacía tanto frío en la calle, ni en sus sentimientos, hacía suficiente calor si estaba con ella.
Y se imaginó que en realidad, sólo la necesitaba a ella, a su guitarra, para protegerse del frío.

Sunday, February 5, 2012

La gente normal es muy rara.

Para Irene Castillo, que seguramente me dio la mejor idea para hacer algo que quería hacer desde la otra punta del mundo.
Gracias por no ser normal.

La niña de pelo rubio se asusta cuando mira por encima del hombro y ese señor sigue ahí, mirándola, mientras rebusca entre sus recuerdos caídos por el suelo y la basura algo de comer o de roer para imaginarse que está caliente y llena el estómago. No recuerda cuándo se lavó por última vez y no sabe lo que son zapatos. No está segura de seguir sabiendo hablar. Hace tiempo que no se acerca a nadie, porque nadie le deja, y si le dejan es para hacerle daño. Y la basura del suelo parece muy vacía cuando eso pasa.

La basura del suelo sólo sabe oler mal sin querer, mientras se deshace y se pudre, despacio como la sensación de vacío que se crece cuando falta alguien que ha roto un poquito el corazón para hacerse un hueco dentro. Sólo sabe ocupar el suelo y remolonear para dejarse arrancar un poco las entrañas y darle algo que se parezca a alimento a la niña de pelo rubio. Sólo sabe manchar la suela de los zapatos del señor.

Los zapatos del señor quieren taparle de todo lo que hay fuera. Pero no pueden, porque el olor de la suciedad, del hambre y del dolor atraviesan cualquier cosa que se ponga en medio cuando hay alguien dispuesto a quejarse de que sea así. Y hay unos calcetines bajo los zapatos que se niegan a callar su indignación y cantan como los artistas de ópera.

Los calcetines aprietan mucho, pero no se atreven a hacer daño por miedo a acabar al fondo del cajón, el peor sitio al que se puede enviar un regalo cariñoso pero poco acertado o los restos de los sueños rotos que creemos poder recomponer, como si fueran tan sencillos como un puzzle. Están casi de adorno, pero no se ven cuando es de noche y fuera no hay luces.

Las luces tintinean. Se quieren hacer oír sin hacer ruido, pero el parpadeo indeciso de las luces sobre la calzada y sobre el pelo de la niña rubia y de la calva del señor son poco perturbadoras comparadas con la fuerza con que parece brillar el pelo de la niña de pelo rubio, a la que está rodeando un gato que parece querer acariciarla.

El gato no puede para de mirar a la niña, que está toqueteando una raspa a medio comer de un pescado que ha visto mejores días. No puede evitar restregarse sobre la piel que debería ser inocente, pero cuya infancia murió cuando debería estar empezando y sentir en cada poro un poquito de la soledad que emana esta niña rubia que no come por darle la raspa al gato, que ahora mira el brillo sobre la calva del señor que mira a la niña de pelo rubio.

La calva de el señor que mira a la niña de pelo rubio ha brillado porque ha dejado de mirar a la niña de pelo rubio. No le gusta el gato que se va a comer la raspa que le ha dado la niña de pelo rubio. No le gustan los gatos y le asusta cuando bufan, porque mueven el aire de una forma extraña.

El aire entre el hombre calvo que mira a la niña de pelo rubio y el gato que se está comiendo la raspa de pescado que ha encontrado la niña de pelo rubio en la basura está viciado. El olor del miedo está empezando a dejar que se mueva demasiado poco. Y el olor de la basura ataca los resquicios respirables del aire que está entre el gato y el hombre calvo que mira a la niña de pelo rubio que le ha dado de comer a un gato que ahora mira al señor calvo.

El señor calvo aún no ha hecho nada, pero sabe que va a equivocarse cuando lo haga, porque la niña de pelo rubio le ha mirado con la mirada del que ha huido del campo de batalla para no volver a pisar uno. Y puede notar el miedo de la niña de pelo rubio que está asustada, por eso no sabe si hablarle.

La niña de pelo rubio que a pesar de estar asustada ha dado de comer a un gato que ahora mira la calva del hombre calvo que mira a la niña rubia porque quiere hablarle pero siente el miedo de la niña de pelo rubio ha mirado al hombre calvo que mira a la niña de pelo rubio.
Se ha cansado de rodeos y no decir nada, pero no tiene las palabras, porque si las tuviese diría "Quiero irme"
Y entonces, la pregunta que originan los labios que están en la cara del hombre calvo que mira a la niña de pelo rubio que ha dado de comer al gato que se ha comido una raspa de pescado porque miraba a la niña rubia y ahora mira la calva de el hombre calvo, llega al mundo: "¿Por qué no quieres ir con otros niños a un sitio donde curarte? Podrías estar con gente normal."

La niña de pelo rubio que tiene miedo pero da de comer a un gato si le mira, aunque la mirada del hombre calvo y el reflejo de la calva del hombre calvo que mira a la niña de pelo rubio y observa al gato que acaba de comerse el pescado que ha salido de la basura del suelo que huele mal donde pisan los zapatos del hombre calvo... Sabe la respuesta.
Pero todas las demás niñas de pelo rubio, las que tienen miedo, las que no, las que han dado de comer al gato, las que rebuscan en la basura, las que miran al hombre calvo, las que respiran un aire sucio no saben responder, no saben querer responder.

Porque el miedo que tienen es la respuesta a cualquier pregunta que se pueda hacer, mientras la mirada del hombre calvo atraviesa poco a poco la piel de la espalda que la niña rubia acaba de ofrecerle como visión al hombre calvo.

La visión del hombre calvo vuelve a estar entretenida entre los pequeños espasmos de frío que tiene la niña rubia a la que mira. Se asusta. La niña de pelo rubio parece más delicada que todas las demás niñas, incluso que las otras niñas de pelo rubio.

Y la respuesta que los labios de la niña de pelo rubio que está llorando de miedo, de rabia, de impotencia, de dolor, de ignorancia... la respuesta es la más lógica, porque sabe que no está sola y muchas otras niñas rubias le apoyarán. Por eso la niña de pelo rubio que va a hablar mientras llora tiembla cuando tiene que pronunciar:
"La gente normal es muy rara"

Friday, February 3, 2012

Tu sonrisa y platos rotos

Rompiendo los platos de la normalidad en la vajilla de mi vida, ordenada cuidadosa y meticulosamente en orden creciente de depresiones, de tonterías y comeduras de cabeza por cada plato en el que había comido, estaba tu sonrisa, deslizándose por los bordes, dibujándose a sí misma en el contorno del plato y dejándolos caer, haciéndome ver lo superfluos que en verdad eran mientras el suelo los hacía astillas, separando los fragmentos de lo que fue.
Mi mirada se quedó atascada entre el lento movimiento armónico de tu sonrisa sobre los platos y el caer milimétricamente calculado de cada uno de ellos sobre el suelo.
Avancé, casi tentando a la suerte con que terminases con mi vajilla de recuerdos, con mi colección de problemas y mis memorias y tu sonrisa desapareció, para convertirse en un guiño imperceptible de esos que sólo tú podías hacerme.
Y de repente, la nada.
Cientos de trozos de recuerdos y arcilla, o tal vez porcelana, por el suelo, por todos lados, envolviendo mi última miseria de soledad, que no quería quedarse a solas conmigo, que no quería acabar como tantos restos, tantas astillas que me miraban desde el suelo: "Esto ha sido tu culpa" .Por las lágrimas que soltaban algunos habría llegado a decir que no quedaban cientos, miles de sonrisas que mirar entre cada filo cortante que había en el suelo.
Desde arriba siempre es más difícil ver la miseria de los que están abajo y yo era incapaz de aclarar si acaso estaba sintiendo algo de todo lo que estaba ocurriendo bajo mis pies, descalzos, que se iban llenando de cortes conforme andaba sobre los restos de un pasado que creía haber enterrado y en verdad tenía expuesto, para que no se me olvidase.
No quiero olvidar.
Escrita con sangre, la frase me perseguía, dibujándose sobre el escaso camino que acababa de recorrer, sin saber por qué, sin saber adonde, sin saber si habría un final ni si tú o yo estaríamos allí.
Y de repente, risas.
Por todos lados, desde todos los ángulos, esperando a que alguien recordase que estuvieron allí, que siempre habían estado, que no todas eran tuyas, que había existido algo más que el aquí y ahora enredado entre las sábanas de una cama supletoria, o entre las plumas de un saco de invierno o una llamada por el ordenador que parece no terminar jamás...
Y al frente, pude ver el tablón de anuncios en el que estaban a la venta mis sentimientos a aquel o aquella que se viera capaz de pagar el simple y mínimo precio de una sonrisa por cada momento que pasásemos juntos, mientras se vendían mis servicios en la cama a unas risas la noche y tal vez una cerveza.
Imagino que no entiendo nada de lo que digo, porque no sería capaz de escribirlo en la libreta que llevo en las manos desde que vi por primera vez tu sonrisa...
No, es un cúmulo de pequeños papeles, que recuerdo que hicieron abrirse a tus ojos, a esa mirada sincera que siempre pensé en que sería perfecta sólo si estuviese siempre delante de mí.
Y los papeles, al viento del aire parado de esta habitación, flotando en círculos o tal vez elipses, imposibles de describir con certeza y de recoger si siguen al viento, me susurran que seguiré dando tantas vueltas como ellos, mientras haya versos que decir, palabras que ser escritas y un libro por terminar, si es que acaba algún día.
Abro los ojos y aquí estoy, de nuevo, frente a mi ordenador, buscando tu sonrisa, o la mía, o tal vez otra sonrisa cualquiera, de alguien que me diga que me quiere o que le quiera, de alguien que sea capaz de subirme la moral diciendo cosas que le alegran a ella y no deberían a mi, de alguien que quiera estar conmigo porque soy yo y no por lo que puedo hacer por ella, de alguien que no se dé cuenta de que hay demasiadas veces una palabra "ella" en cada cosa que escribo, de alguien que no tenga miedo a decirme lo que siente, que no tenga miedo de que yo me confunda.
De alguien que quiera ser una brújula que viaje como una veleta, según sople el viento...
Mientras dejamos que los susurros de este clima, frío como las horas de soledad, nos digan dónde acabaremos.
O dónde continuará

Tuesday, December 27, 2011

Tan pronto como me dijo que ya era tarde me puse en marcha

Y por supuesto la respuesta nunca llegó.

Las llaves del coche parecían mirar desde el bol que había junto a la puerta, mientras la dudosa luz de la chimenea a medio apagar coqueteaba con la superficie metálica y brillante de el pomo de la puerta, de las llaves y del espejo, que reflejaba a ese desconocido con quien me despertaba cada mañana. Ese que me gritaba que cuando las prisas eran inútiles, lo mejor era correr. Y ni siquiera él quería seguir sus consejos, pero lo hacía.
Con todos los pesares del mundo sobre la espalda, con esa carga insondable y sin alivio posible sobre los hombros, que me hundía cada vez un poco más en mí mismo.
No recordaba la última cerveza acompañado.
Ni la última cena que no fuese de comida precocinada y recalentada una y mil veces.